Descubre la Roma menos turística: el barrio Coppedè de cuento, el Giardino degli Aranci en el Aventino y las antiguas catacumbas. Guía para visita diferente.
Pronunciar Roma y a muchos se les viene a la mente el Coliseo, la Fontana di Trevi y ríos de visitantes. Pero la ciudad es mucho más que sus grandes atractivos. También guarda rincones silenciosos, llamativos y peculiares que rara vez aparecen en las guías habituales: lugares que dejan ver una Roma más fresca y verdadera.

Si uno piensa que Roma es solo ruinas antiguas, el barrio Coppedè sorprende. No se parece a nada del resto de la ciudad. Sus edificios lucen motivos fantásticos, esculturas y frescos; da la impresión de entrar en un libro ilustrado o en un set de rodaje.
El vecindario tomó forma a comienzos del siglo XX. Lo concibió y construyó el arquitecto Gino Coppedè, de quien toma el nombre. Entre sus puntos más llamativos están la Casa de las Hadas, la Fuente de las Ranas y el Palacio de la Araña. En conjunto forman una mezcla poderosa de estilos, del capricho a lo gótico.
Se encuentra en la zona de Trieste, al norte de Roma. Los turistas casi no se desvían hasta aquí, así que el paseo se hace sin prisas: tiempo de sobra para empaparse del ambiente y recrearse en los detalles.

En la colina del Aventino se abre un jardín sereno poblado de naranjos. Conocido como Giardino degli Aranci, o jardín Savello, se creó en 1932 y desde entonces es un paseo predilecto de los vecinos.
Es compacto, pero acogedor. Sus senderos sombreados llevan a una terraza con una vista amplia de la ciudad. Las naranjas no se pueden comer: son amargas a propósito para que nadie tenga la tentación de arrancarlas. El lugar pide un ritmo lento, de esos que reajustan en silencio la manera de mirar la ciudad.

Roma no es solo lo que se ve a ras de calle. Bajo sus calles se extienden catacumbas, largos corredores subterráneos donde antaño se enterraba a la gente. Surgieron en el siglo II y las utilizaron cristianos, judíos y paganos.
Las más conocidas son las de San Calixto, San Sebastián y Santa Domitila. En su interior hay frescos antiguos, inscripciones y pasadizos estrechos excavados en la roca. No solo fueron cementerios: también sirvieron de refugio frente a la persecución.
Hoy algunas catacumbas están abiertas al público, aunque la mayoría permanece cerrada. Los investigadores siguen estudiándolas, y todo indica que aún quedan descubrimientos por delante.
Roma, entonces, no es únicamente la ciudad de las postales. Hay otra Roma: tranquila, insólita y magnética. El barrio Coppedè, el naranjal en la colina y las antiguas catacumbas muestran la ciudad desde un ángulo inesperado, de esos que se quedan en la memoria cuando el gentío se disipa.