Descubre el enigma del problema matemático del templo Gion en Kioto: un sangaku que une belleza, cultura japonesa y misterio, aún sin una solución definitiva.
Kyoto suele evocar templos antiguos, cerezos de primavera y la elegancia de las geishas. Pocos saben, sin embargo, que en uno de sus santuarios apareció alguna vez un rompecabezas matemático que aún se resiste. Conocido como el problema del templo Gion, su historia mezcla matemáticas, cultura y un toque de misterio.
En el Japón del siglo XVIII, era habitual exhibir en los templos tablillas de madera con desafíos matemáticos. Esta práctica, llamada sangaku, servía a la vez como demostración de ingenio y gesto de respeto a los dioses. Uno de los problemas más formidables se colgó en el templo Gion de Kioto, en algún momento antes de 1749.
La tablilla mostraba una figura que parecía sencilla a primera vista: un círculo, un segmento delimitado por una recta y, dentro de esa región, un cuadrado y otro círculo. La tarea consistía en determinar el tamaño de estas formas a partir de sus relaciones. Suena simple, pero la calma del trazado esconde una complejidad obstinada.
El primero en enfrentarse al enigma fue el matemático japonés Tsuda Nobuhisa. En 1749 obtuvo una ecuación de más de mil grados, una señal de lo espinoso del asunto. Más tarde, en 1774, Ajima Naonobu propuso una versión simplificada de solo diez grados. Incluso hoy, ecuaciones así se abordan con ayuda de computadoras.
El interés moderno no ha decaído. Investigadores han vuelto sobre el problema una y otra vez. Los matemáticos John Arias de Rein y Douglas Clark presentaron su propia solución, reduciendo de nuevo la ecuación al décimo grado. Sostuvieron que no puede resolverse usando únicamente números corrientes, sin recurrir a fracciones y raíces intrincadas. Cuesta no admirar la audacia de un acertijo que empuja a quien lo ataca hasta el borde de lo confortable.
¿Por qué importa este problema? Porque es más que un ejercicio técnico: se inscribe en la tradición cultural japonesa. En aquella época, se buscaban la belleza y la precisión en todo: caligrafía, ceremonias del té, artes marciales y, por supuesto, matemáticas. Estos retos no eran solo entrenamiento mental; también eran una forma de arte.
La tablilla original no se ha conservado. Solo quedan referencias en registros escritos. Aun así, ese rastro fragmentario sigue despertando curiosidad y debate, como si la ausencia misma aumentara su atractivo.
Casi 300 años después, no existe una resolución definitiva. Hay quienes consideran que el problema ya está resuelto; otros creen que estamos lejos de ello. Lo claro es que su encanto no está en una utilidad concreta, sino en el pensamiento que exige. Se percibe como un juego donde el proceso importa más que la victoria, y quizá precisamente por eso perdura.