Descubre Megri, en el sur de Armenia: clima suave, huertos de granadas e higos, miel aromática y carácter fronterizo con Irán, fuera de las rutas turísticas.
En el extremo sur de Armenia, justo en la frontera con Irán, se encuentra una ciudad pequeña pero cautivadora: Megri. Su nombre es tan dulce como un postre: en armenio significa “miel”. Puede sonar a licencia poética, pero al lugar le queda sorprendentemente bien.
Megri es la ciudad más meridional de Armenia. Se asienta en el valle del río Arax, al pie de las montañas y a poca distancia de la frontera iraní. Su clima contrasta con el de buena parte del país: mientras otras regiones se vuelven frías y nevadas, Megri disfruta de inviernos suaves y de un verano largo y cálido.
Gracias a ello, aquí prosperan cultivos que no suelen darse en otras zonas de Armenia: granadas, higos, caquis, kiwis, olivos. Los huertos en flor y la abundancia de flores crean condiciones ideales para las abejas, una razón más por la que el nombre “meloso” de la ciudad parece bien ganado.
La región es conocida por sus apicultores. Las abejas liban néctar de un mosaico de frutales y la miel local resulta especialmente aromática. Es difícil encontrar cifras precisas de producción, pero la apicultura ocupa, a todas luces, un lugar firme en la vida local.
El Estado también respalda el sector: en toda Armenia, los agricultores pueden recibir hasta la mitad del costo de nuevas abejas y colmenas. Ese apoyo ayuda a que el oficio se desarrolle a escala nacional, también en Megri.
Aun así, no todo va sobre ruedas. En otoño de 2025, apicultores locales contaron que sus abejas empezaron a comportarse de forma extraña: volaban menos y producían menos miel. Especialistas sugirieron que la causa podría ser una enfermedad, pero por ahora no hay una explicación definitiva.
A Megri se la suele llamar la puerta meridional del país. Lo es de hecho: es el punto más al sur, con Irán al alcance de la mano. Esa ubicación imprime a la ciudad un carácter propio, como si enlazara en silencio influencias armenias y de Oriente Medio.
La naturaleza se percibe distinta aquí, y la fisonomía urbana lo refleja. Incluso en invierno, el verde se mantiene; en verano, la vegetación toma el protagonismo.
Fuera de la región, pocos han oído hablar de Megri. Rara vez llegan turistas hasta aquí, y es una lástima: la ciudad avanza a su propio ritmo sereno, conserva sus tradiciones y cultiva frutas —y miel— que se distinguen.
No es tanto una invitación como una constatación. La calidez aquí es real, en el clima y en la actitud de la gente. Y la “miel” del nombre no es solo una etiqueta bonita: refleja la vida cotidiana.