Descubre cómo una lata de galletas en el Parlamento de Nueva Zelanda decide por sorteo qué proyectos de ley de los miembros avanzan y cambian leyes clave.
Si uno asume que las leyes nacen solo de manuales rígidos y órdenes de arriba hacia abajo, una visita al Parlamento de Nueva Zelanda puede cambiar esa idea. Allí, las grandes decisiones pueden empezar con una humilde lata de galletas. Sí, en serio.
Desde hace más de 30 años, el Parlamento neozelandés utiliza una sencilla caja metálica comprada en una tienda DEKA. No parece en absoluto oficial: es, en esencia, una vieja lata de galletas. Aun así, ayuda a decidir qué ideas de los miembros llegan al orden del día.
El Parlamento está lleno de representantes que no forman parte del Gobierno. Presentan proyectos propios: propuestas para prohibir prácticas nocivas o mejorar la vida cotidiana. Son demasiados para tratarlos a la vez, así que, cada cierto tiempo, se organiza un sorteo. Cada proyecto recibe un número; ese número se coloca en una ficha, y todas las fichas se dejan caer en la lata. Se extrae al azar un puñado, y esas iniciativas pasan al plan de trabajo del Parlamento.
Puede sonar a juego, pero no lo es. Gracias a este proceso, Nueva Zelanda ha aprobado leyes de gran calado sobre matrimonio igualitario, derecho a la eutanasia y regulación de la prostitución. Es decir, ideas que no surgieron de ministros, sino de miembros corrientes, se convirtieron en leyes y reconfiguraron la vida del país. Cuesta no ver en el sorteo un nivelador silencioso que da espacio a propuestas que de otro modo quedarían orilladas.
Acaban de salir fichas nuevas de la lata. Entre ellas: un proyecto que exige que los niños lleven chaleco salvavidas en el agua, una propuesta para prohibir licorerías cerca de escuelas y jardines de infancia, y una iniciativa para limitar la extracción de carbón. La variedad habla por sí sola —seguridad, bienestar comunitario y uso de recursos—, y el sistema ofrece a cada tema una oportunidad real de ser escuchado.
La idea de fondo es sencilla: todo miembro debería tener la posibilidad de impulsar una iniciativa, no solo quienes están en el Gobierno. Eso hace que el Parlamento se sienta más justo y abierto. La lata puede parecer una rareza, pero funciona. La gente se ha acostumbrado e incluso espera cada sorteo, sabiendo que puede aflorar algo nuevo y útil.
Aunque el sistema funciona, no hay planes de cambiarlo. Si el número de ideas crece, quizá llegue el momento de pensar en simplificar. Por ahora, esa vieja lata marca el ritmo: sobria, transparente y sorprendentemente eficaz.