Conoce el Arbat en Moscú más allá de la calle peatonal: su historia, recuerdos de vecinos, rincones auténticos y detalles que revelan el alma del barrio.
Muchos conocen el Arbat como una bulliciosa calle peatonal en el centro de Moscú. Las multitudes la recorren, la música flota en el aire, los retratistas montan sus caballetes y las tiendas de recuerdos atraen a los visitantes. Pero basta apartarse unos metros del eje principal para que aparezca otro Arbat: más silencioso, acogedor, auténtico. Es algo más que una calle: un lugar con un pasado denso, donde parece que el espíritu de la vieja Moscú aún permanece.
Hasta el siglo XVIII, el Arbat quedaba en el borde de la ciudad. Allí vivían y trabajaban herreros y artesanos; había comercios, el polvo se levantaba en los caminos y las casas eran de madera. Era un rincón laborioso de Moscú, sin pompa y desde luego sin turistas.
Con el tiempo, la zona se llenó de residencias más señoriales. Se instaló la nobleza y, más tarde, llegaron escritores, actores y artistas. La calle fue convirtiéndose poco a poco en un foco cultural donde se cruzaban personas del arte y del saber.
En el siglo XX, el Arbat cambió a fondo. En 1908 empezó a circular un tranvía por la calle. En 1942, los bombardeos de la guerra destruyeron numerosos edificios, y el Teatro Vakhtangov estuvo entre las pérdidas. En 1952 se levantó cerca el edificio del Ministerio de Asuntos Exteriores, uno de los célebres rascacielos estalinistas.
Y en 1986, el Arbat se convirtió en la primera calle de Moscú cerrada a los coches. Desde entonces es zona peatonal: hecha para caminar, para la música y para las actuaciones callejeras. Sin embargo, detrás del bullicio de la fachada se esconde otro mundo.
El proyecto Moscow Without Outskirts del Museo de Moscú recopiló historias de personas que llevan años viviendo en el Arbat. Esos recuerdos se convirtieron en parte de exposiciones e instalaciones al aire libre. No son relatos para turistas, sino memorias vividas: de infancias en los patios, de vecinos, de cómo se sentía la calle en distintas épocas.
Ese Arbat cuesta verlo desde fuera; se revela a quien está dispuesto a escuchar. Más que una visita guiada, parece un encuentro personal con la ciudad.
Hoy el Arbat es más que un domicilio. Siempre sucede algo: artistas dibujan en el suelo, músicos tocan sin escenario, actores ensayan junto a los teatros. El ambiente es suelto y libre: la vida transcurre sin reglas estrictas ni guion.
Pero lo que más pesa está en los detalles: una placa que cuenta la historia de una casa, el rótulo de una tienda antigua, una puerta poco habitual, un grafiti en un callejón. Esas pequeñas cosas transforman el Arbat de simple calle en un mundo propio.
El Arbat turístico puede ser animado: mimos, recuerdos, cafés. Basta apartarse un poco y aparece otro Arbat: más sereno, más genuino, donde transcurre la vida cotidiana y toman forma las historias reales.
El Arbat no es solo una calle bonita en el centro de la capital. Tiene carácter y un estado de ánimo que no se comprenden en un paseo. Importan no solo los edificios y los monumentos, sino también las voces de quienes viven y trabajan aquí, y recuerdan.
Si de verdad quieres ver el Arbat, no te apresures. Camina sin mapa, asómate a los callejones y presta oído a lo que parecen susurrar las paredes. El Arbat verdadero no es para fotos rápidas, sino para quien sabe fijarse.