Descubre por qué en Sri Lanka dar de comer a los cuervos es un acto sagrado: Kāka Bali, ofrendas a los ancestros y la sorprendente inteligencia de estas aves.
En las calles de Sri Lanka se repite una escena curiosa y, a la vez, afectuosa: alguien deja arroz o una pequeña ración en el alféizar, en el suelo o junto a un templo. Minutos después, los cuervos —numerosos aquí— llegan y no queda un grano. Parece un gesto casual de alimentar aves, pero el significado va mucho más allá.
En Sri Lanka, los cuervos no se tratan como simple fauna urbana. Darles de comer se considera un acto correcto y bondadoso, capaz de expresar respeto por los difuntos o incluso veneración hacia los dioses.
Hay otra capa en esta costumbre. Las creencias locales sostienen que quien se porta mal, en especial si falta al respeto a monjes o templos, podría renacer como cuervo o perro. Estas aves, entonces, dejan de ser solo vecinas aladas y pasan a ser recordatorios de lo que está bien y lo que no.
La práctica no es exclusiva de Sri Lanka. En la India, durante un período especial llamado Pitru Paksha, se moldean bolas de arroz y se dejan para los cuervos. Se considera que estas aves actúan como mensajeras que llevan las ofrendas a las almas de los ancestros.
A este rito se le conoce como Kāka Bali. Textos antiguos incluso describen deidades que ayudan a trasladar esas ofrendas al otro mundo. Para muchos, no es solo una ceremonia: es una manera de mantener un hilo de conexión con quienes ya no están.
Algunos estudios sugieren que los cuervos son sorprendentemente inteligentes. Recuerdan a las personas, pueden reconocer rostros, ofenderse e incluso tomar represalias. Por eso, cuando alguien los alimenta con regularidad, lo notan y suelen regresar.
Esa costumbre adquiere así una dimensión desarmantemente personal: el gesto generoso se registra, se recuerda y, en cierto modo, se corresponde. El intercambio se vuelve íntimo y espiritual a la vez, como si se sellara un pequeño pacto entre la persona y el ave.
Podría descartarse como una creencia antigua. Sin embargo, en un mundo donde se diluyen los lazos con la naturaleza y la tradición, son estas prácticas discretas y constantes las que todavía sostienen algo esencial. No hace falta levantar un santuario ni estudiar textos remotos para honrar las raíces: a veces bastan un puñado de arroz y un minuto de quietud.
Mientras en Sri Lanka se siga compartiendo comida con los cuervos, se preserva un vínculo invisible, pero vital, entre generaciones. Y quizá estas aves sí tengan algo especial: no es casual que tantos las vean como mensajeras entre mundos.