Descubre el Pekín auténtico con 7 lugares poco conocidos: hutongs como Yuer, templo Zhihua, parque Liuyin, distrito 798 y bici nocturna en la avenida Chang’an.
Cuando escuchamos la palabra “Pekín”, a muchos se nos aparecen los grandes emblemas: la Ciudad Prohibida, la Gran Muralla, plazas inmensas y templos solemnes. Pero dentro de esta metrópolis vasta y bulliciosa hay rincones que suelen conocer solo los vecinos: espacios tranquilos e íntimos, lejos del circuito turístico. En los últimos años han ganado miradas, y aquí reunimos pistas recientes para mostrar la ciudad que late detrás del escaparate.
Los hutongs de Pekín son callejones estrechos y curtidos por el tiempo donde la vida urbana sigue su curso. Uno de ellos, Yuer Hutong, se encuentra cerca de una calle muy conocida y, aun así, permanece fuera del radar de los grupos turísticos. No hay multitudes ni guías: apenas puestos de té, el timbre de las bicicletas y rutinas de siempre; alguien tiende la ropa, otro arregla una cerradura, unos niños dibujan con tiza en el suelo. Pasear por un sitio así se siente menos como una visita y más como un encuentro con una ciudad viva.
En pleno centro se alza el modesto templo Zhihua. No se parece a los templos grandiosos y concurridos de los itinerarios habituales; aquí reina la calma, casi un aire doméstico. Su sello es una música antigua que suena a diario con instrumentos tradicionales, un sonido que parece transportarte a otra época. Son siglos de historia, pero el templo avanza a su propio ritmo pausado.
El parque Liuyin es un refugio arbolado de lago y sauces donde a los vecinos les gusta demorarse. Por las mañanas llegan quienes practican ejercicios o pasean en silencio. Los turistas son raros, y ahí reside su encanto. El parque no busca deslumbrar: simplemente existe. Esa discreción es lo que hace que la gente vuelva.
El distrito 798 fue un barrio industrial; hoy es un polo de arte contemporáneo. Sobre el telón de fondo de antiguas naves, prosperan galerías, artistas, cafés y tiendas de diseño. Toda el área se siente como una exposición al aire libre: la historia entrelazada con el presente, una ventana a lo que impulsa a una nueva generación de creativos chinos.
Con su nombre poco habitual, Yangmeizhu Xiejie no está pensada para rutas turísticas, sino para la vida diaria. Los mercados zumban, la comida callejera chisporrotea y las tiendas venden té, especias y libros. Todo es sencillo y, aun así, de una autenticidad llamativa. Calles así escasean en Pekín, y quizá por eso a menudo cuentan más de la ciudad que sus monumentos más famosos.
No lejos del centro se alza un observatorio antiguo, construido hace varios siglos y aún hogar de instrumentos astronómicos históricos. Allí los observadores seguían las estrellas para marcar cosechas y grandes fechas. Hoy es un lugar silencioso donde ver cuán en serio se tomaba la ciencia en la China antigua: no un museo reluciente, sino algo más cercano a una máquina del tiempo.
Cada tarde ocurre algo inesperado. Cientos de ciclistas toman la arteria principal de la ciudad —la avenida Chang’an—. Bajo las luces de neón, pedalean en la noche. Se ha convertido en una nueva costumbre urbana: la gente reclama el espacio para sentir libertad, movimiento y compañía. Es otra cara de Pekín: una ciudad que no duerme y que no deja de cambiar.
Estos lugares no son solo alternativas a los grandes hitos; son una manera de palpar la ciudad tal cual es. Incluso si no piensas viajar a Pekín, aquí hay más que aprender de lo que cabe en una postal. Un paseo por los hutongs, el sonido de la música antigua, una tarde en bicicleta: todo compone un retrato vivo de una ciudad donde pasado y futuro caminan de la mano.
Quizá estos rincones se desvanezcan con el tiempo. O tal vez se conviertan en los nuevos clásicos de la ciudad. Por ahora, mientras siguen aquí, merece la pena conocerlos, aunque sea a distancia.