Descubre por qué Quebec late en francés: murallas vivas, leyes de raíz francesa, jarabe de arce y gastronomía propia. Historia y debates que siguen vivos.
Si crees que Canadá es solo hojas de arce, hockey y inglés, vale la pena conocer Quebec. Es una de las provincias con identidad más marcada: el francés es el idioma de la vida diaria, aún se alzan fortificaciones de siglos y las reglas del juego en materia legal son distintas. Y Quebec no es un parque temático: es un lugar donde la gente lleva muy dentro su historia y su cultura.
En cada matrícula de Quebec aparece el lema Je me souviens, una frase francesa que significa recordar. Los locales lo usan para expresar respeto por su historia, sus raíces y su lengua. Se lee menos como un eslogan y más como un principio: recordar quién eres, de dónde vienes y por qué eso importa.
Ciudad de Quebec es la única ciudad de Norteamérica, aparte de las de México, donde las murallas del casco antiguo siguen en pie. Levantadas en el siglo XVII para proteger el asentamiento, resisten hasta hoy, y la Citadelle sirve como residencia oficial de un alto representante del gobierno de Canadá. El lugar no se percibe como pieza de museo: está entrelazado con la vida diaria.
Aunque la mayor parte de Canadá sigue un derecho de corte británico, Quebec se rige por un sistema más cercano a la tradición francesa. Eso moldea desde la tramitación de documentos hasta cuestiones familiares. Quien piense en comprar una vivienda aquí puede llevarse alguna sorpresa con los procedimientos.
El jarabe de arce es algo más que un capricho dulce: es motivo de orgullo. Alrededor del 72% del suministro mundial se produce aquí. Cada primavera, los vecinos recolectan la savia de los árboles, la hierven hasta convertirla en jarabe y marcan la temporada con reuniones familiares. Es una pieza de cultura que se transmite de generación en generación.
La comida reconfortante más conocida son las papas fritas con salsa y queso. Pero eso es solo el punto de partida. Quebec produce más de 700 tipos de queso, hornea contundentes pasteles de carne y ofrece platos modelados por la historia de la inmigración. Aquí la gastronomía es otra forma de contar la identidad y la tradición.
Quebec fue en otro tiempo profundamente religioso, pero desde la década de 1960 mucho cambió. La asistencia a misa cayó y muchos edificios quedaron vacíos. En lugar de derribarlos, las comunidades convirtieron iglesias en teatros, gimnasios e incluso viviendas. Es una señal clara de una sociedad que evoluciona sin renegar de su pasado.
Se construye un nuevo Museo Nacional de Historia, y los argumentos empezaron antes de que abra sus puertas. Algunos observadores sostienen que se inclina demasiado hacia la historia francesa y católica, dejando de lado a otros —como los pueblos indígenas o los inmigrantes—. Ese debate plantea preguntas duras pero necesarias sobre quién ocupa el centro del relato de Quebec y qué memorias merecen preservarse.
Quebec no es solo una región de Canadá. Es un lugar con carácter propio, donde se cuida la lengua, se honra el pasado y se vive con reglas propias. La cultura aquí no se guarda tras un cristal: suena en las calles, huele a jarabe y cobra vida en edificios antiguos. Incluso si no planeas ir, su historia ofrece un ejemplo nítido de cómo mantener una identidad singular en un mundo grande.