Guía de la Dama de Baviera en Múnich: historia, acceso al mirador interior, horarios (abril-octubre) y precios. Vistas a Theresienwiese y al Oktoberfest.
A poca distancia del recinto donde cada año se celebra el Oktoberfest se alza una imponente mujer de bronce. Es la Dama de Baviera: más que un monumento, un verdadero emblema de la ciudad. Su escala permite entrar en su interior y contemplar Múnich desde su propia perspectiva, a través de pequeñas ventanas ubicadas en la cabeza.
La idea de la estatua surgió en el rey Luis I a mediados del siglo XIX. Quería que Baviera —la región del sur de Alemania— contara con un símbolo propio. El encargo recayó en el reconocido escultor Ludwig Schwanthaler y la obra se fundió en Múnich entre 1844 y 1850.
Para su época fue una auténtica proeza de ingeniería: nadie había intentado una figura de bronce de esa escala. La apuesta salió bien y la Dama de Baviera se mantiene en su lugar desde hace casi dos siglos.
La Dama de Baviera forma parte de un conjunto arquitectónico mayor. A su espalda se extiende una galería porticada conocida como el Salón de la Fama, alineada con bustos —retratos esculpidos— de bávaros destacados. Juntos componen un homenaje sobrio y grandioso al pasado de la región.
La estatua alcanza casi 19 metros de altura, o cerca de 28 con el pedestal. Pesa más de 87 toneladas, todo en bronce.
La mejor sorpresa está dentro. Una escalera de caracol asciende hasta la cabeza de la figura, donde cuatro pequeñas ventanas se abren hacia Theresienwiese, el campo donde se celebra el Oktoberfest. En los días despejados, incluso se distingue el centro de la ciudad. Ver Múnich enmarcada por esos huecos estrechos produce una emoción serena.
La estatua no está abierta todo el año; las visitas se realizan de abril a octubre. En invierno, el acceso puede ser resbaladizo y poco seguro. La entrada cuesta 5 euros; para estudiantes y personas mayores, 4.
La Dama de Baviera no es solo una bella escultura. Es un símbolo de Múnich y de Baviera en general: aparece en postales y guías, y con frecuencia en las fotos de turistas y reporteros, sobre todo durante el Oktoberfest. Millones pasan junto a ella cada año, aunque muchos no saben que se puede entrar. Quizá ahí resida parte de su magnetismo: no es solo algo ante lo que levantar la vista, sino una figura con la que también se puede tener un encuentro desde dentro.
En muchas ciudades, los monumentos están ahí solo para ser mirados. En Múnich, la Dama de Baviera parece integrada en la vida diaria. Se puede entrar, observar la ciudad desde su punto de vista y sentir el pulso de otra época. No es un museo ni una exposición: es un encuentro con la historia que, de forma sorprendentemente íntima, se queda con uno.