Descubre cómo se celebra el Año Nuevo a través de la comida: lentejas italianas, dumplings chinos, asado y tteokguk coreano, símbolos de suerte y fortuna.
La Nochevieja es ese instante en el que el mundo parece detenerse antes de pasar de página. Para unos son fuegos artificiales y cuentas atrás; para otros, un rito de limpieza y renacer. De la nevada Moscú a la abrasadora Sídney, hay algo que no cambia: una mesa festiva donde las familias se reúnen para despedir el año viejo y dar la bienvenida al nuevo.
En esa mesa, cada plato hace algo más que agradar al paladar; encierra códigos culturales, símbolos y costumbres guardadas durante generaciones. De las lentejas en Italia y las empanadillas en China al tteokguk en Corea y el braai en África austral, la comida se vuelve un idioma común de esperanza, prosperidad y memoria.
Para los rusos, ninguna mesa de Año Nuevo se siente completa sin la ensalada Olivier y el Arenque bajo abrigo de piel. Estas recetas hace tiempo que rebasaron la gastronomía para convertirse en tradición familiar y ritual anual. En cuanto aparecen, la fiesta empieza de verdad. Hoy abundan versiones que se alejan de la creación de Lucien Olivier del siglo XIX, con urogallo avellano y caviar, pero la interpretación soviética fue la que perduró, y aún destila calor de hogar.
Por el sur de Europa corre una convicción: cuantas más lentejas se coman en la noche de Año Nuevo, más próspero será el año. En Italia se lo toman en serio; lentejas con kyokkyo, zampone o cotechino son pilares del banquete, metáforas comestibles de progreso y abundancia. De postre, el esponjoso panettone a veces espera en algunas casas hasta la medianoche del 1 de enero, una pequeña superstición para que la suerte no se escape.
En los hogares alemanes, un codillo de cerdo puede sostener la comida: no solo un corte suculento, también un guiño a la buena suerte. Hay además un pan de almendras llamado sprengel, horneado con pasas y especias, y arenque salado que tradicionalmente se come pasada la medianoche. En conjunto, dibujan una lista de deseos: fortuna, salud y resistencia.
Francia recibe el Año Nuevo con foie gras, ostras y bûche de Noël. Allí, la comida es estética tanto como placer: una mesa cuidada como un pequeño museo del gusto, donde cada detalle cuenta. El marisco insinúa renovación, mientras el foie gras y el pastel en forma de tronco hablan de bienestar y cobijo.
El Año Nuevo chino es un festival de símbolos. Dumplings con forma de lingote prometen riqueza; el pescado representa abundancia; los fideos largos sugieren longevidad. Lo que más importa es cocinar y comer juntos: la comida se usa para cuidar y para transmitir buenos deseos.
En Japón, la mesa festiva gira en torno al osechi-ryori, platos dispuestos con precisión en cajas lacadas, cada uno con su propio significado. Mochi y toshikoshi soba completan el cuadro, con esperanzas de unión, lazos fuertes y vida larga. Allí, el Año Nuevo se parece menos a un banquete ruidoso y más a una conversación respetuosa con la tradición.
Tteokguk, una sopa con pasteles de arroz, acompaña el Año Nuevo de todo coreano. Con la primera cucharada, se dice que uno suma un año en términos simbólicos. Las tortas blancas con forma de moneda representan pureza y prosperidad, y el mensaje de fondo es el mismo: reunirse en familia es el verdadero ritual.
En el sur del país, el día de Año Nuevo llega con frijoles de ojo negro, hojas verdes y pan de maíz. El código es sencillo pero elocuente: legumbres para el dinero, verdes para la riqueza, pan para la estabilidad. Si hace falta algo más rotundo, pavo o jamón aparecen como un guiño al confort y la prosperidad.
En México, el Año Nuevo empieza por reunirse y cocinar juntos. Los tamales encarnan la unidad, mientras la Rosca de Reyes, brillante de fruta escarchada y con una pequeña figura escondida, añade un juego: a quien le toca, organiza la celebración de febrero. Es uno de esos ritos que se resisten a desvanecerse.
En Brasil, las lentejas con arroz prometen dinero en el año que llega. En cuanto a la carne, la costumbre favorece al cerdo, porque el animal escarba hacia delante. La simbología es clara y poderosa: lo que se elige comer en la noche de Año Nuevo se cree que marca el tono del camino por venir.
El asado, ritual nacional, convierte la mesa en una celebración de la abundancia veraniega, de las carnes a la fruta. Una costumbre muy querida invita a comer doce uvas justo al dar las doce, pidiendo un deseo con cada una. Los dulces con dulce de leche dan el cierre, con la esperanza de una vida más dulce.
En el hemisferio sur, el Año Nuevo en Sudáfrica significa braai, carne al fuego entre amigos. Fruta fresca, ensaladas y bocados ligeros subrayan la sintonía natural con el entorno. El mensaje que deja la mesa es directo y difícil de discutir: lo importante es estar juntos.
El cuscús con carne y verduras ocupa el centro de la mesa marroquí. Los postres con miel y frutos secos hablan de alegría. Gran parte llega en una fuente común: la comida como acto de reunir. El Año Nuevo suena menos a estruendo y más a cercanía sabrosa.
El pleno verano marca el ritmo: barbacoa en el parque, Pavlova coronada con fruta, marisco bien frío. El Año Nuevo sabe a playa, amigos y una forma más ligera de estar. La celebración no pide pompa: bastan el sol, la frescura y el buen ánimo.
Los platos de fiesta son algo más que sustento; son el lenguaje con el que las naciones hablan de esperanza, fe y afecto. El Año Nuevo sienta a las personas en mesas donde cada ingrediente guarda una huella de historia, cultura y un sueño de lo que vendrá. Toma prestada una tradición de otro lugar, y quizá acabe siendo tuya.