En Meghalaya, India, los puentes vivos de raíces guiadas por Khasi y Jaintia desafían siglos. Con candidatura a la UNESCO 2025, patrimonio sostenible.
En Meghalaya, en la India, entre colinas frondosas y ríos impetuosos, existen puentes que no se construyeron: se cultivaron. No es una metáfora: están formados por raíces vivas de árboles. Y no son solo una rareza a la vista; la gente los cruza a diario.
Estas pasarelas se crean a partir de las raíces de la higuera de caucho, un árbol que lanza largas raíces aéreas que pueden conducirse donde hacen falta. Las comunidades Khasi y Jaintia usan entramados de bambú para dirigirlas, por lo general sobre un río.
Hacen falta 10, 20 e incluso 30 años para que un puente alcance solidez real. Desde entonces puede servir durante siglos y volverse cada vez más robusto. El árbol sigue vivo, las raíces continúan creciendo y la estructura gana resistencia con el tiempo.
Se encuentran en aldeas remotas de todo Meghalaya, sobre todo en las colinas Khasi y Jaintia. El más conocido es el puente de dos niveles en Nongriat, donde dos tramos se superponen. Hay documentados más de 130, y los habitantes aseguran que probablemente existan más, escondidos en lugares a los que casi nadie llega.
No nacieron para el turismo. Son infraestructura cotidiana para los vecinos, sobre todo durante el monzón, cuando los ríos se desbordan y los puentes convencionales a menudo son arrasados.
En 2025, las autoridades estatales presentaron una candidatura para incluir los puentes vivos en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Ese reconocimiento facilitaría su protección. Meghalaya también modificó sus leyes estatales para que estos sitios puedan ser reconocidos formalmente como patrimonio vivo.
Además, el estado nominó estos puentes a un premio internacional de la UNESCO dedicado a la salvaguardia de tradiciones culturales. La intención es subrayar que no son una simple rareza, sino una pieza esencial de la cultura y el entorno de la región.
Los puentes vivos no dañan la naturaleza. Al contrario, contribuyen a mantener intactas las riberas y no requieren cemento, metal ni maquinaria. Se forman con lo que ya existe, con atención a los árboles y al paisaje que los rodea.
El saber de cómo hacer crecer un puente pasa de los mayores a los más jóvenes. No hay planos, solo experiencia y observación atenta. Es un ejemplo elocuente de trabajar con la naturaleza en lugar de oponerse a ella.
Aun así, las tradiciones se diluyen. Muchos jóvenes parten hacia las ciudades y quienes dominan esta práctica van desapareciendo. De ahí la importancia de reconocer estos puentes a tiempo, conservarlos y darlos a conocer. Sugieren, en silencio, que la paciencia también puede ser una forma de infraestructura.
Si la UNESCO los reconoce como patrimonio, ello ayudaría a resguardar la tradición y a atraer apoyos. Eso podría impulsar una enseñanza más activa del oficio y un interés más amplio.
Hoy, mientras el mundo busca formas más sostenibles de vivir, estos puentes son algo más que una curiosidad. Muestran cómo construir sin destruir, y cómo vivir acompasados con la naturaleza.