Descubre por qué los lagos camaleónicos cambian de color: algas, minerales, clima y acción humana. Dónde verlos, qué alertas dan y cómo la ciencia los sigue.
En las fotos, un lago puede brillar en turquesa, pero en persona el agua verse casi negra. A veces ocurre al revés: una superficie gris verdosa y tranquila de pronto se vuelve esmeralda intensa. No es Photoshop ni un truco de luz. Esos lagos existen, a menudo llamados camaleónicos por sus tonos cambiantes. Pueden parecer de otro mundo, pero las fuerzas que los moldean son muy reales, y la ciencia los observa con interés creciente.
Los lagos que cambian de color no se limitan a parajes remotos ni son tan inusuales como se cree. Un estudio de gran escala halló que, de 67.000 lagos en todo el mundo, casi el 60% modificó su color al menos una vez en las últimas décadas. Solo el 14% se mantuvo estable.
Las causas van más allá de los vaivenes estacionales y alcanzan cambios más amplios: clima, ecología, actividad humana. El color de un lago es más que estética: funciona como señal de lo que ocurre dentro y alrededor del agua.
Algas y microorganismos. Con el calor, sobre todo en verano, las algas pueden multiplicarse. Ese crecimiento tiñe el agua de verde, marrón o incluso rojo: lo que se conoce como floración.
Minerales y volcanes. A veces los cambios provienen de sustancias que afloran del subsuelo, incluso en cráteres volcánicos. En el volcán Kelimutu, en Indonesia, tres lagunas de cráter pueden verse azules, rojas, color chocolate o negras, y cambian de tono casi cada temporada.
El tiempo. La lluvia, el sol, el viento y la temperatura moldean el aspecto del agua. Un cielo despejado puede hacer que un lago parezca azul; un día nublado lo vuelve gris.
Las personas. La contaminación, las construcciones en la ribera y las variaciones en el nivel del agua alteran la claridad, el color y la química.
Algunos lagos mutan de forma natural. Otros encienden alertas. Cada vez más, los investigadores observan lagos que se enturbian o se tornan verdes o marrones por la contaminación y el calentamiento del clima.
En Australia, un antiguo Pink Lake ya no luce rosado. Cambiaron los niveles de sal y desaparecieron las bacterias que le daban ese tono inusual, un desenlace vinculado a la intervención humana. La pérdida se siente como una advertencia silenciosa.
Los lagos de Kelimutu (Indonesia) coronan un volcán. Suelen cambiar de color y pueden verse de forma muy distinta de una temporada a otra.
Los lagos rosados—como el Lago Hillier en Australia—deben su color a microbios y sal. No todos cambian: algunos mantienen su tonalidad de forma constante.
Los lagos de montaña y de bosque pueden verse azul cielo en verano y de un verde turbio en primavera, según el deshielo, la materia vegetal y la claridad del agua.
A veces el cambio es pasajero e inocuo. En otras ocasiones, es la pista de que algo no va bien.
Con el clima en transformación, los científicos siguen a los lagos no solo a pie de orilla, sino también desde la órbita. Las imágenes satelitales ayudan a precisar cuándo y por qué varía el color del agua.
Este enfoque revela cómo responden los lagos al calentamiento, la contaminación y otras presiones. El color actúa como un indicador, una señal discreta de si un lago está en buen estado o necesita protección.
Si los lagos mantendrán sus colores es una incógnita. Algunos pueden perder sus tintes distintivos. Otros podrían cambiar con más frecuencia por el calor, las inundaciones o la contaminación.
Lo que sí parece evidente es que los lagos camaleónicos son más que una estampa bonita. Son sistemas vivos, sensibles a lo que ocurre a su alrededor. Y si queremos que sigan sorprendiéndonos con su paleta, el cuidado de la naturaleza tiene que pasar de la intención a la acción.