Descubre Shakpak-Ata, la mezquita subterránea de Mangistau, Kazajistán: un santuario tallado en la roca cerca de Aktau, con necrópolis y leyendas sufíes.
En el oeste de Kazajistán, entre la estepa polvorienta y los acantilados pálidos de Mangistau, se esconde un lugar del que pocos han oído. Tallada directamente en la roca, la antigua mezquita subterránea de Shakpak-Ata no es un museo ni un reclamo turístico, sino un sosiego cálido de piedra donde los siglos rozan la fe.
La ciudad más cercana es Aktau. Desde allí, la carretera se dirige hacia la península de Tyub-Karagan. Entre lomas calcáreas se alza Shakpak-Ata: una estructura insólita llamada mezquita, aunque no se parece al edificio habitual con minarete; es más bien un santuario excavado en el acantilado. Según distintas fuentes, fue creada en algún momento entre los siglos X y XVI; la fecha exacta sigue sin conocerse.
La mezquita forma parte del patrimonio cultural de Kazajistán y está bajo protección estatal. A su lado se extiende un cementerio antiguo —una necrópolis— donde descansan personas de distintos periodos y comunidades que habitaron estas tierras.
El plano recuerda a una cruz: un salón central con cuatro cámaras laterales. La luz entra por una abertura en la cúpula, de modo que el interior permanece luminoso incluso sin electricidad. El espacio da la impresión de haber sido pensado con cuidado, aunque lo más probable es que se tallara a mano, sin herramientas sofisticadas.
En las paredes sobreviven inscripciones e imágenes antiguas: grafías árabes, persas y túrquicas, junto con dibujos de caballos, jinetes, huellas de manos y motivos geométricos. Quienes llegaban a rezar, a pedir ayuda o, simplemente, a dejar constancia, fueron marcando la roca.
La mezquita lleva el nombre de un hombre del que casi nada se sabe: Shakpak-Ata. La tradición sostiene que fue un santo o un ermitaño que vivió en la roca, ayudó a la gente, sanó y ofreció orientación. Con el tiempo, su figura acumuló leyendas —hay quien lo considera un sufí, otros lo presentan como curandero—, mientras que las fuentes oficiales aportan poco más.
El lugar se volvió sagrado. La gente acudía con plegarias y peticiones, convencida de que aquí podía hallar alivio —del cuerpo o del espíritu—.
Justo al lado de la mezquita se extiende el antiguo campo santo. Las estelas de piedra insinúan la vida de quienes atravesaron estas estepas. Los estilos de las inscripciones y las formas de las tumbas apuntan a culturas que se cruzaron en esta región, impregnando el sitio de una silenciosa memoria y respeto.
En Kazajistán hay muy pocas mezquitas comparables. No es solo un monumento: sigue siendo un sitio vivo. No hay multitudes, ni carteles estridentes, ni puestos de recuerdos. Solo viento, piedra y silencio. Y ese silencio parece concentrar aquí una hondura poco frecuente.
Shakpak-Ata no trata únicamente de religión ni se limita al pasado. Es el relato de una búsqueda de lo esencial. Una memoria que puede sentirse incluso a distancia, a través de fotografías, historias y reflexión.
Lugares así recuerdan que lo importante no siempre salta a la vista. A veces la historia de verdad no está en una postal, sino en la estepa polvorienta, dentro de un acantilado, lejos de internet y de la señal del móvil.
Shakpak-Ata es piedra con el silencio incrustado. Y quizá ese silencio diga más que cualquier palabra.