Los pueblos que desaparecen en Japón: aldeas silenciosas y akiya

Aldeas silenciosas de Japón: akiya y pueblos que se apagan
By Indiana jo - Own work, CC0, Link

Exploramos las aldeas silenciosas de Japón: pueblos envejecidos, casas akiya y memorias que se apagan. Nanamoku y otros lugares muestran la despoblación actual.

Ciudades ruidosas, avenidas bañadas en neón y multitudes que fluyen por los cruces de las megaciudades: así suele imaginarse Japón. Pero junto a ese pulso inquieto late otro mundo: aldeas silenciosas, casi olvidadas, donde los sonidos parecen haberse marchado con la gente. Ese silencio no es paz; es un vacío. Y conviene notar que no apareció por elección. Es la marca de pueblos que en Japón se van desvaneciendo.

La gente se va, los pueblos se quedan mudos

Japón incluso le ha puesto nombre: aldeas al borde de desaparecer, lugares donde casi todos son mayores. Los jóvenes se han mudado a las ciudades, no llegan nuevas familias, los niños ya no están. Uno de esos lugares es Nanamoku, en la prefectura de Gunma, donde más de dos tercios de los residentes son jubilados.

Cada año hay más casas vacías. No hay quien las habite ni quien las cuide. Esas viviendas se llaman akiya — «abandonadas». En estos pueblos, las tiendas pierden sentido, las escuelas cierran y las paradas dejan de funcionar. La vida parece apagarse.

No es tradición: es consecuencia

A veces se presentan casi como un cuento popular: mayores que custodian la calma y la tradición. Pero aquí el silencio no va de espiritualidad ni de una forma de vida escogida. Está porque apenas queda gente con quien hablar.

Nadie hace ruido en las calles, nadie juega en el patio de la escuela ni ríe en los cafés. El pueblo calla porque se vacía, y ese goteo constante se nota.

Para 2030, una de cada tres viviendas en Japón podría quedarse sin propietario.

No solo desaparece la gente, también la memoria

Cuando la última abuela deja una casa, con ella se va un saber: cómo cuidar el huerto, cómo celebrar una fiesta local, cómo preparar un plato hecho allí durante generaciones. También se lleva un trozo de cultura.

Algunos investigadores incluso sostienen que el fenómeno alcanza a la naturaleza: los campos se cubren, los animales se marchan y el viejo orden se desliza fuera de escena.

¿Qué viene después?

Estas “aldeas silenciosas” no son una nueva tradición ni un experimento cultural. Son la consecuencia de lugares que se apagan, donde no hace tanto la vida bullía. Aun así, crece el interés por ellas: hay quien llega para ver lo que queda; unos quieren comprar una casa abandonada, otros solo detenerse a oír el silencio. Ese impulso de quedarse en la quietud dice mucho de la rapidez con la que la ausencia sustituyó la rutina.