Investigamos rituales en Perú y Bolivia: chamanes, ayahuasca y San Pedro. La música acompaña y calma; no hay sanación con cacofonía. Conoce lo que sí existe.
Hoy, muchos se sienten atraídos por formas poco habituales de autocuidado: unos prueban la meditación, otros se vuelcan a la respiración o a rituales antiguos. Perú y Bolivia han sido durante mucho tiempo referentes de chamanes y ceremonias con plantas. Pero ¿hay ritos que busquen sanar desde la cacofonía—ruido, sonido fuerte y caótico? Salimos a buscar una respuesta, y esto es lo que apareció.
En Bolivia, por ejemplo, el pueblo Kallawaya conserva tradiciones de curación que emplean hierbas, aliento, tacto y música. La UNESCO reconoce estas prácticas como patrimonio cultural. La música, claro, tiene un papel, pero no como estruendo: es un pulso sereno, un ritmo parejo que relaja y marca el clima del proceso.
En las ceremonias de ayahuasca en Perú, los chamanes entonan cantos especiales llamados ícaros. Se consideran melodías sagradas y ayudan a que los participantes miren hacia dentro, se sientan acompañados y encaucen lo que viven. En pocas palabras, el sonido es bello y bien asentado, lejos de cualquier cacofonía.
Hay otros ritos, como las ceremonias con cactus San Pedro. También transcurren entre cantos e instrumentos—tambores, flautas—muchas veces al aire libre, con un objetivo claro: recuperar el equilibrio interior.
Resulta tentador imaginar que, en algún rincón del altiplano, existan rituales levantados sobre el ruido y el caos sonoro. En otros países, una suerte de “terapia de ruido” viene ganando adeptos, con gongs, vibraciones e incluso texturas industriales fuertes. Pero en Bolivia y Perú no hay registro de algo así.
Revisamos sitios que ofrecen participación en ceremonias, consultamos trabajos académicos y pasamos por materiales culturales de ambos países. En ningún caso aparecieron afirmaciones de sanación a través de la cacofonía. Al contrario, la tónica es consistente: la música en estos ritos debe calmar y sostener, no sobresaltar ni descolocar.
Hay un estudio reciente que menciona a un grupo que practica música y movimiento colectivos, definido como una sintonía con la vibración de la Tierra. Incluso allí, el foco queda en la armonía, no en el desorden sonoro.
En Perú y Bolivia la música no es un adorno. Carga sentido. Se cree que el canto puede transmitir energía, convocar a los espíritus de la naturaleza y aquietar el alma. Todo lo que rompa esa atmósfera—ruidos súbitos o cacofonía—simplemente no encaja con las ideas locales de curación.
Tal vez el ruido como terapia pertenezca más a ámbitos urbanos o a la cultura de bienestar occidental. En los Andes, la confianza parece descansar todavía en el silencio, el paisaje y la voz humana sin artificios.
No se puede descartar que aparezcan rituales de este tipo en el futuro. La gente viaja, comparte prácticas, experimenta. Es posible que alguien ya esté tanteando los bordes con el ruido y que aún no haya publicaciones al respecto. A día de hoy, sin embargo, no hay confirmación de ritos basados en la cacofonía en Perú o Bolivia.