Explora aldeas sin carreteras como Giethoorn, donde la vida sin coches transcurre por canales. Ventajas, retos y turismo responsable en estos pueblos únicos.
Hoy parece que se puede llegar en coche a casi cualquier parte: autopistas, vías rápidas o incluso caminos de tierra. Y, sin embargo, hay lugares del planeta donde las carreteras no hacen falta. No porque nadie se haya molestado en construirlas, sino porque la vida funciona без ellas. Las calles se transforman en canales, los coches ceden el paso a las barcas y el silencio solo lo interrumpe el chapoteo de los remos. Así son las aldeas sin carreteras.
Imagina un pueblo cualquiera, con casas, calles y un par de tiendas. En las comunidades sin vías, el escenario cambia. Las viviendas se asientan junto al agua; entre ellas no hay calzada, sino un canal o un río. La gente se visita por pequeños puentes o en barco. No hay coches, pero casi cada casa tiene su embarcadero privado: como un garaje, solo que para una embarcación.
Los vecinos caminan, pedalean y, para distancias mayores, se echan al agua. La comida, los artículos del hogar e incluso la basura: todo se transporta en barco. Al principio requiere acostumbrarse, pero para quienes viven aquí es la normalidad. Ese ritmo pausado empuja la rutina hacia una cadencia más serena, y uno tiene la impresión de que el día rinde de otra manera.

Giethoorn es la estrella de las aldeas sin carreteras, a menudo apodada la Venecia neerlandesa, y con motivo. Aquí el movimiento ocurre por el agua o por estrechos senderos peatonales. El pueblo está sobre parcelas de tierra divididas por canales.
Cada casa en Giethoorn se alza en su propia pequeña isla, unida por pasarelas peatonales. No hay coches, pero sí barcos, y muchos. Algunos vecinos usan lanchas eléctricas; otros prefieren sencillas barcas de remos.
A pesar de su tirón entre los viajeros, la vida cotidiana sigue su curso: la gente trabaja, las tiendas abren, los niños van a la escuela. Todo sucede sin una sola carretera.
Giethoorn no está sola. En distintas partes del mundo hay pueblos a los que no se llega en coche. En India, por ejemplo, algunas aldeas se levantan directamente sobre el agua y la vida diaria depende de las embarcaciones.
A veces no se construyen carreteras por los pantanos, los bosques densos o, sencillamente, porque desplazarse por el río resulta más fácil. Hay comunidades así en otros países también, sobre todo donde el clima y el relieve complican o encarecen abrir una vía.
Este modo de vida tiene sus rasgos. En el lado bueno: silencio, aire limpio, nada de atascos ni rugido de motores. Todo se percibe medido, sin prisa y más cerca de la naturaleza.
Pero transportar mercancías, sobre todo voluminosas, puede ser complicado. La asistencia médica o los bomberos tal vez tarden más en llegar. Y cuando el hielo invernal o el mal tiempo aprietan, moverse se convierte en un desafío.
Exige paciencia y planificación. La gente se queda porque valora la calma y la sencillez. A veces eso pesa más que la velocidad y la comodidad, y es difícil no entenderlo.

Cuando lugares así se vuelven famosos, llegan los visitantes. Buscan un paseo en barco y un vistazo a una forma de vida poco común. El turismo trae ingresos, pero también multitudes, ruido y precios al alza.
En Giethoorn, por ejemplo, la temporada alta puede estar tan concurrida que a los vecinos les cuesta simplemente llegar a casa. El objetivo es preservar el carácter del pueblo y, a la vez, seguir recibiendo a quien viene de fuera: un equilibrio delicado que funciona mejor cuando la consideración es mutua.
Estas aldeas son raras hoy, pero plantean una pregunta: ¿de verdad hace falta abrir carreteras y levantar aparcamientos en todas partes? En ciertos sitios, dejar las cosas como están —tranquilas, sin prisas y adaptadas al agua— puede ser la decisión más sensata.
Estas comunidades recuerdan que hay otra forma de vivir. Más lenta. Sin motores. A la orilla del agua.