Descubre los puentes retráctiles del Reino Unido: el histórico telescópico de Bridgwater, icónicos Helix y Rolling en Londres, y el Irvine Bridge en Escocia.
Puede parecer que los puentes ya no guardan sorpresas: unen orillas, adoptan mil formas, se elevan o se abaten cuando hace falta. Y, sin embargo, algunos prácticamente desaparecen: se pliegan o se deslizan fuera del paso. Son los llamados puentes retráctiles. En el Reino Unido no abundan, lo que hace que cada ejemplo merezca una mirada más atenta.
Un puente retráctil está pensado para despejar por completo la vía navegable cuando se requiere. En lugar de elevarse como un basculante convencional, se desplaza lateralmente o se oculta dentro de su propia estructura. Integrar un sistema así en el tejido urbano no es sencillo: necesita mucho espacio libre. De ahí que en territorio británico sean escasos, aunque cada proyecto suele acaparar miradas.
En 1871, la localidad de Bridgwater estrenó el primer puente telescópico del país, obra del ingeniero Sir Francis Fox. Su tramo principal podía deslizarse casi 40 metros para dejar pasar los barcos. Empezó accionándose a mano, pasó a la tracción a vapor y más tarde volvió al manejo manual. La estructura ha llegado hasta hoy y se considera una pieza singular del patrimonio de la ingeniería.
En el Paddington Basin de Londres, el Helix Bridge llama la atención como una espiral de vidrio y acero. Cuando se acerca una embarcación, la estructura se retuerce en movimiento de sacacorchos. El efecto impacta y, lo que importa, cumple su función.
A pocos pasos se alza otra rareza, el Rolling Bridge. Se enrolla hasta formar casi un círculo perfecto gracias a un sistema hidráulico. El espectáculo es indiscutible, aunque en la práctica se usa con moderación: su ritmo y su mantenimiento lo convierten en algo más cercano a una performance que a una herramienta cotidiana.
Escocia alberga el puente retráctil más largo del Reino Unido: el Irvine Bridge, construido por Spencer Group. Con unos 60 metros de longitud, se desliza a un lado para permitir el paso de embarcaciones de buen tamaño por el canal. El diseño priorizó la resistencia al viento y la reducción de obras pesadas en el lugar. Por su ingenio, el proyecto fue reconocido entre los mejores de Escocia.
La complejidad encabeza la lista. Un puente retráctil necesita espacio para moverse, y su mecánica exige un mantenimiento constante: costes que se acumulan con rapidez. Algunos diseños, como el Rolling Bridge, se inclinan más hacia el espectáculo que hacia el servicio diario.
Aun así, el formato tiene virtudes claras. Evita saturar el horizonte urbano, puede ser sorprendentemente compacto y aporta un interés visual genuino. En puertos o zonas industriales, donde el espacio lo permite, estos puentes cumplen exactamente con lo que se les pide.
Por ahora, los puentes retráctiles siguen siendo la excepción. Pero no son reliquias: puertos y redes de canales continúan encargándolos. Y si la tecnología se simplifica y abarata, no sería extraño ver más en el mapa.
Al fin y al cabo, esto es algo más que ingeniería. Es una manera de lograr que la ciudad se perciba actual, eficiente y—quizá lo más importante—atractiva para quienes la recorren.