7 destinos en riesgo por el cambio climático y el turismo: qué hacer para protegerlos

7 destinos en peligro: cómo ayudar a protegerlos hoy
Pierre André Leclercq, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Explora 7 destinos en riesgo —Isla de Pascua, Antártida, Gran Cañón y más—, qué amenazas enfrentan y cómo viajar de forma sostenible para ayudar a protegerlos.

Los destinos vacacionales de todo el planeta atraen a millones con paisajes de impacto, carácter propio y lugares emblemáticos únicos. Sin embargo, muchos de esos escenarios de postal viven en equilibrio precario por el simple hecho de dónde están en el mapa. El cambio climático, la erosión del suelo, la subida del nivel del mar y la presión humana se combinan para poner en jaque rincones que en otro tiempo parecían eternos.

Este reportaje se detiene en destinos cuya suerte inquieta a científicos y ambientalistas. Explicamos qué presiones los cercan, cómo intentan adaptarse y qué pueden hacer, en la práctica, los viajeros para ayudar a que lleguen íntegros a la próxima generación. Perder estos lugares no sería solo despedirse de maravillas naturales: también supondría erosionar patrimonio cultural e histórico, una posibilidad que ya no se siente lejana.

Isla de Pascua (Chile)

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Rivi, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons

Isla de Pascua (Rapa Nui), territorio chileno en pleno Pacífico Sur, es una de las islas más remotas —y enigmáticas— del planeta. Sus monumentales moáis tallados por una civilización ancestral, junto con sus sobrecogedores paisajes volcánicos, convocan visitantes año tras año. Esa misma lejanía, sin embargo, implica un ecosistema frágil que deja a la isla expuesta.

Rapa Nui se encuentra a unos 3.500 kilómetros de la costa chilena, rodeada por el vasto Pacífico. El aislamiento moldeó una red de vida única con plantas y animales raros. Los moáis, labrados en toba volcánica, son emblema cultural y parte del patrimonio compartido de la humanidad.

La isla encara un conjunto de riesgos que podrían transformarla:

Erosión costera y subida del nivel del mar: olas más fuertes y aguas más altas muerden la costa y ponen en peligro estatuas y yacimientos arqueológicos.

Cambio climático: tormentas más frecuentes y patrones meteorológicos alterados amenazan tanto la infraestructura como el entorno natural.

Contaminación oceánica: las corrientes arrastran microplásticos y desechos que dañan la vida marina alrededor de la isla.

Presión demográfica y turística: los recursos limitados se resienten por el aumento de población y de visitas, con un desgaste del ecosistema.

Pérdida de patrimonio cultural: el impacto continuo —natural y humano— compromete la preservación a largo plazo de los moáis.

Por qué importa protegerla. Isla de Pascua es más que un destino soñado: es un testimonio de ingenio ancestral. Salvaguardarla exige regular el turismo con cupos y prácticas sostenibles; reforzar las costas para frenar la erosión; restaurar y conservar moáis y otros sitios; e invertir en educación ambiental para residentes y viajeros. Reducir la presión ahora es la única forma de que la isla mantenga su espíritu; cuesta pensar en una urgencia más clara.

Antártida

hielo, montañas
US Embassy New Zealand, Public domain, via Wikimedia Commons

El continente más austral del planeta atrae por su belleza austera: imponentes hielos, campos de nieve interminables y una vida marina deslumbrante. Para quienes buscan aventura o viajan con inquietud científica, este reino helado, rodeado por el océano Austral, es una rareza. El calentamiento global, no obstante, ha puesto esta maravilla natural en una trayectoria frágil.

La Antártida abraza el Polo Sur y alberga la mayor capa de hielo del mundo, que contiene cerca del 70% del agua dulce del planeta. Fríos extremos, vientos implacables y largas noches polares crean condiciones únicas: fascinantes de presenciar, pero extremadamente delicadas.

Las vulnerabilidades del continente son claras:

Fusión de glaciares: el aumento de las temperaturas acelera la pérdida de hielo, eleva el nivel del mar y altera ecosistemas regionales.

Pérdida de hielo marino: la reducción de su extensión desbarata hábitats de pingüinos, focas y ballenas.

Cambios en los ecosistemas: aguas más cálidas trastocan pautas de alimentación y reproducción, con un riesgo real para la biodiversidad.

Más turismo: incluso con normas estrictas, el crecimiento de visitantes añade presión y eleva la posibilidad de contaminación en un entorno frágil.

Explotación de recursos: cualquier futura extracción de petróleo, gas o minerales causaría daños irreversibles.

Por qué importa protegerla. La Antártida es a la vez un “resort” extraordinario y un regulador climático crucial. Su protección pasa por reducir emisiones y avanzar hacia la energía limpia; reforzar la conservación y mantener fuera de la mesa la extracción de recursos; respaldar la ciencia que descifra cambios acelerados; y respetar las salvaguardas de cooperación del Tratado Antártico. Su destino y el nuestro están ligados, y cada año resulta más evidente.

Parque Nacional del Gran Cañón (EE. UU.)

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Islander61, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

En Arizona, el Gran Cañón es una de las grandes obras maestras de la naturaleza. Esculpido por el río Colorado durante millones de años, se extiende unos 446 kilómetros y alcanza profundidades superiores a 1.800 metros. Su geología en capas y sus panorámicas infinitas atraen a millones cada año. Esa grandeza, en una región seca, lo hace especialmente vulnerable tanto a presiones naturales como humanas.

El ecosistema del cañón funciona con un equilibrio delicado. El río Colorado, clave en su formación, también abastece de agua a millones de personas en Estados Unidos y México. En un paisaje de escasez hídrica, cada cambio se amplifica.

Las amenazas principales incluyen:

Cambio climático: más calor y menos lluvia agravan la sequía, estresan los ecosistemas y reducen los caudales del Colorado.

Erosión del suelo: las alteraciones en los patrones del agua y la actividad humana aceleran la erosión y cambian rasgos naturales.

Riesgos de contaminación: la minería cercana, incluida la extracción de uranio, puede contaminar agua y suelo.

Turismo masivo: la afluencia desgasta infraestructuras, genera más residuos y deteriora áreas sensibles.

Especies invasoras: plantas y animales introducidos por humanos rompen el equilibrio ecológico nativo.

Por qué importa protegerlo. El Gran Cañón es símbolo de belleza salvaje y pilar de patrimonio cultural y ecológico. Su conservación pasa por una gestión sostenible del agua del Colorado; un control más estricto de visitantes y una infraestructura más verde; límites claros a la minería en torno al parque; y ciencia continua para vigilar la salud del ecosistema y orientar la restauración. En un oeste cada vez más seco, la prudencia ya no es opcional; es puro sentido común.

Seychelles

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dronepicr, CC BY 2.0, via Wikimedia Commons

En el océano Índico, al este de África, el archipiélago de Seychelles —115 islas— es célebre por sus playas de arena fina, aguas luminosas y ecosistemas singulares. Arrecifes de coral, tortugas gigantes y plantas raras lo convierten en imán para viajeros, y en primera línea del cambio ambiental.

Muchas islas apenas se elevan unos metros sobre el nivel del mar, lo que las hace muy expuestas a su subida. Las tormentas tropicales y el calentamiento de las aguas añaden presión en una región donde las defensas naturales trabajan a destajo.

Las presiones principales son claras:

Subida del nivel del mar: el calentamiento global eleva el agua y amenaza infraestructuras y ecosistemas en islas bajas.

Blanqueamiento de corales: mares más calientes matan los arrecifes que amortiguan las costas y sostienen una gran biodiversidad.

Erosión costera: el oleaje persistente y las tormentas se comen playas y hábitats.

Presión turística: la ampliación de instalaciones trae más contaminación e impacto sobre la naturaleza.

Amenazas a especies raras: los cambios de hábitat ponen en riesgo fauna emblemática, de tortugas gigantes a aves escasas.

Por qué importa protegerlas. Seychelles es tanto un refugio deseado como un nodo vital de biodiversidad oceánica. Las prioridades incluyen defender las costas con barreras y manglares restaurados; afrontar el cambio climático reduciendo emisiones; incorporar la sostenibilidad a todo el sector turístico; rehabilitar y proteger los arrecifes con nuevas técnicas; y elevar la conciencia local. El beneficio es tan poético como práctico: comunidades y litorales más resilientes.

Machu Picchu (Perú)

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Diego Delso, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

En lo alto de los Andes peruanos, Machu Picchu sigue siendo uno de los sitios arqueológicos más reconocibles del mundo. Construido en el siglo XV por los incas, sus terrazas, templos y vistas de montaña no se olvidan. Ese mismo escenario espectacular lo expone a riesgos naturales y humanos.

Situada a unos 2.430 metros sobre el nivel del mar, en laderas empinadas junto al río Urubamba, la ciudadela se mimetiza con el terreno con una precisión asombrosa. Esa geografía, sin embargo, trae peligros aparejados.

Las principales preocupaciones:

Deslizamientos y erosión: las pendientes fuertes y la alta humedad desestabilizan suelos, con riesgos para terrazas y construcciones.

Turismo masivo: cientos de miles de visitantes al año tensionan la infraestructura, aceleran el desgaste y elevan los riesgos de conservación.

Cambio climático: episodios más extremos —lluvias intensas y tormentas— aceleran la erosión y ponen en peligro estructuras.

Actividad sísmica: en una zona propensa a terremotos, los temblores podrían causar daños serios.

Presión de infraestructuras: nuevas carreteras y ferrocarriles aumentan los impactos sobre el paisaje y el monumento.

Por qué importa protegerlo. Reconocido por la UNESCO, Machu Picchu es central en el patrimonio de Perú. Protegerlo implica limitar el número de visitantes y apostar por un turismo de bajo impacto; estabilizar laderas y restaurar terrazas; crear sistemas de alerta temprana ante sismos y deslizamientos; apoyar la investigación que guíe la protección a largo plazo; y educar a comunidades y viajeros. La permanencia del sitio depende de poner límites sensatos; al ver lo que hay en juego, pocos discuten ese compromiso.

Kilimanjaro (Tanzania)

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Antony Trivet, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

La montaña más alta de África se alza sobre las llanuras de Tanzania con un perfil nevado que cautiva a senderistas y amantes de la naturaleza en todo el mundo. Con 5.895 metros, los glaciares del Kilimanjaro son icónicos, y cada vez más vulnerables.

La montaña es un macizo volcánico con tres conos —Kibo, Mawenzi y Shira—. Sus hielos y nieves antiguos alimentan con agua dulce regiones cercanas y simbolizan el pulso salvaje del continente. Del bosque tropical al desierto alpino, los ecosistemas cambian con la altitud, y todos acusan las alteraciones.

Amenazas principales:

Retirada glaciar: el calentamiento global reduce rápidamente el hielo del Kilimanjaro. Según alertan científicos, la cobertura de nieve podría desaparecer en las próximas décadas.

Cambios en los ecosistemas: el aumento de temperaturas pone en riesgo la biodiversidad, incluidas especies endémicas.

Pérdida de bosques: la expansión agrícola en torno a la montaña afecta los ciclos del agua y acelera la erosión del suelo.

Presión turística: el alto número de visitantes y nuevas instalaciones añaden tensión a un entorno delicado.

Descenso de recursos hídricos: a medida que se desvanecen los glaciares, disminuyen suministros vitales para comunidades y naturaleza.

Por qué importa protegerlo. El Kilimanjaro es maravilla natural y activo ecológico y económico clave para Tanzania y más allá. Las prioridades abarcan reducir emisiones de gases de efecto invernadero; restaurar y proteger los bosques; endurecer reglas de sostenibilidad en el turismo para aliviar la presión; financiar la investigación sobre glaciares y salud de los ecosistemas; y ampliar la educación de residentes y visitantes. La corona blanca de la montaña se ha convertido en barómetro: lo que aquí ocurra envía un mensaje nítido al resto.

Tuvalu (océano Pacífico)

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INABA Tomoaki, CC BY-SA 2.0, via Wikimedia Commons

Este pequeño país insular del Pacífico central está formado por nueve atolones e islas de lagunas de postal, playas blancas y tradiciones vivas. También es uno de los países más bajos del mundo, lo que deja a Tuvalu profundamente expuesto al cambio climático.

La mayor parte del territorio se sitúa apenas a 1–2 metros sobre el nivel del mar, bordeado por arrecifes de coral que protegen las costas y sostienen el ecosistema. Su aislamiento y clima tropical atraen a viajeros con sensibilidad ecológica, pero la geografía coloca al país en la línea de fuego de la naturaleza.

Los peligros son inmediatos:

Subida del nivel del mar: a medida que crecen los océanos, aumenta el riesgo de inundación en todo Tuvalu.

Erosión costera: el oleaje constante desgasta las islas y reduce su superficie.

Contaminación oceánica: desechos y microplásticos procedentes de lugares lejanos amenazan arrecifes y vida marina.

Pérdida de agua potable: la intrusión salina contamina las fuentes subterráneas y las vuelve no aptas para el consumo.

Choques climáticos: tormentas y ciclones más frecuentes dañan infraestructuras y ponen vidas en riesgo.

Fragilidad económica: recursos limitados y dependencia del exterior dificultan la adaptación.

Por qué importa protegerlo. Tuvalu se ha convertido en símbolo descarnado de la emergencia climática, recordatorio de que no hay tiempo que perder. Hace falta cumplir los compromisos de reducción de emisiones; rehabilitar y defender los arrecifes de coral; apoyar a las comunidades con resiliencia y, cuando sea necesario, programas de reubicación; explorar soluciones de ingeniería como islas artificiales y diques; y promover un turismo de bajo impacto que ayude a financiar la conservación. En un país medido en metros, cada centímetro de mar cuenta, y también cada decisión que se toma lejos de sus costas.