Desmontamos los mitos del todo incluido: qué incluye realmente, qué se paga aparte, calidad de comida y bebidas y cuándo sale rentable según tu tipo de viaje.
El “todo incluido” lleva años siendo sinónimo de vacaciones sin preocupaciones: llegas al hotel y ya están resueltos las comidas, las bebidas y el ocio. Aun así, este formato tiene letra pequeña de la que casi no se habla. Desgranamos sus mitos más repetidos para entender si realmente justifica el desembolso extra.

A primera vista, parece que al pagar el paquete te olvidas de gastos adicionales. En la práctica, no todos los servicios entran en el trato.
Suele incluir: tres comidas principales (desayuno, comida y cena), bebidas de producción local, tentempiés durante el día y algunas actividades.
Suele cobrarse aparte: alcohol de importación, marisco y delicatessen, tratamientos de spa, deportes acuáticos y excursiones.
Además, hay distintos escalones de todo incluido. Por ejemplo, “Ultra All Inclusive” promete una oferta más amplia de comidas y bebidas, pero no siempre compensa lo que cuesta. Conviene leer bien las condiciones antes de reservar.

Hay veces que el todo incluido parece ayudarte a ahorrar, pero las cuentas dependen de tu plan de viaje.
Si lo tuyo es una escapada relajada de playa, sales poco del hotel y no quieres pensar en gastos, este formato resulta cómodo.
Si planeas moverte, probar la cocina local y sumarte a excursiones, tiene poco sentido pagar comidas y animación que no aprovecharás.
En algunos destinos es más barato reservar el alojamiento por tu cuenta y comer en cafés de la zona. En enclaves muy turísticos con restaurantes caros, en cambio, el todo incluido puede salir a cuenta.

Las fotos del hotel suelen mostrar buffets abundantes, pero en realidad todo depende del nivel del establecimiento.
Qué puede fallar: los hoteles económicos tienden a usar productos de menor calidad (embutidos baratos en lugar de carne, postres en polvo). Pescado, marisco y platos premium no siempre aparecen; pueden ser escasos o tener recargo. El alcohol suele ser local—licores sencillos y cerveza en vez de marcas de gama alta.
En buenos hoteles de cinco estrellas, la gastronomía sí está a la altura. Eso sí, el precio de esa comodidad sube en la misma medida.

Sobre el papel, el todo incluido promete facilidad; en la realidad, no es infalible.
Colas en los restaurantes: en temporada alta, los hoteles populares pueden estar a rebosar y los huéspedes acaban compitiendo por los platos más solicitados.
Piscinas y playas saturadas: encontrar una tumbona libre no siempre es sencillo.
Una animación que se repite: los programas están pensados para el gran público, así que a veces resultan anodinos.
Otra trampa habitual: muchos viajeros apenas salen del hotel, se acostumbran al servicio prefabricado y pasan una semana en otro país sin llegar a verlo de verdad.

Este formato sí es muy práctico para familias con niños: puedes darles de comer a cualquier hora sin preocuparte por el precio.
Pero para viajeros jóvenes, turistas activos y amantes de la gastronomía puede quedarse corto. Explorar el país suele ser más estimulante que quedarse quieto.

Si valoras la comodidad y un presupuesto cerrado, el todo incluido puede ser una elección sensata. Pero si quieres explorar, probar sabores nuevos y no depender de los horarios del hotel, quizá te convenga otro formato.
Por encima de todo, revisa bien qué incluye el paquete para no pagar por servicios que no vas a usar. A veces saltarse el buffet y optar por un restaurante de verdad es la mejor manera de conocer la cocina local.