Santorini volcánica: caldera, islas Kameni, playas roja, negra y blanca, aguas termales y vinos de suelo volcánico. Guía breve para entender su origen.
Santorini es mucho más que una bella isla griega de casas encaladas y cúpulas azules. Arrastra una historia singular nacida de una poderosa erupción volcánica. Hace unos 3.500 años, una explosión colosal literalmente partió la isla, remodeló su relieve y, muy probablemente, dejó huella en el curso de la historia. Hoy, las secuelas se leen en una amplia bahía con forma de caldera, en playas poco comunes y en una actividad volcánica que aún late bajo la superficie. Cuesta pensar que ese trasfondo dramático no forme parte de su magnetismo.

Antaño parte de una isla mayor, Santorini perdió su centro en aquella erupción antigua, que dejó un inmenso cráter inundado: la caldera. Hoy figura entre los grandes paisajes naturales de Grecia.
En el interior de esa bahía se alzan los islotes de Nea Kameni y Palea Kameni, nacidos de erupciones posteriores. Allí hay aguas termales, fisuras humeantes en la tierra y coladas de lava ya solidificadas. Estos lugares atraen tanto a visitantes como a científicos, que siguen vigilando el volcán.

Entre los encantos de la isla están sus playas. Lejos de las franjas doradas habituales, aquí la arena y las piedras lucen tonos llamativos gracias al origen volcánico del lugar:
• Playa Roja (Kokkini Paralia) destaca por acantilados de un rojo intenso y arena teñida por minerales con hierro.
• Playa Negra de Perissa está cubierta de arena volcánica oscura que absorbe el calor y deja la orilla especialmente templada.
• Playa Blanca (Aspri Paralia) está enmarcada por acantilados pálidos, un contrapunto rotundo al agua oscura.
No son solo fotogénicas; son un fruto directo de la historia y la geología singular de la isla.

El volcán no muestra fuerza desde hace mucho, pero su influencia está en todas partes. La caldera vertebra el turismo, y las aguas termales seducen a quienes prefieren la versión natural de un spa. Hasta los viñedos hunden sus raíces en suelos volcánicos, algo que define el carácter del vino.
Los habitantes han aprendido a convivir con este paisaje. Las viviendas se construyen pensando en los temblores, y buena parte de la arquitectura retoma tradiciones que ayudaron a soportar un entorno exigente.
Los científicos siguen de cerca el volcán y, por ahora, no hay motivo de alarma. Aun así, Santorini es más que un destino vacacional; sigue siendo un recordatorio vívido de cómo la naturaleza puede redibujar el mapa.