Guía práctica de seguridad en montaña: riesgos más comunes, preparación, equipo esencial y uso de tecnología y balizas. Planifica rutas y evita accidentes.
Cada año, miles de personas se adentran en la montaña: unas persiguen récords, otras buscan vistas o, simplemente, desconectar. Sin embargo, tras esas crestas y ese aire limpio se esconde un peligro muy real. En 2024, solo en Eslovenia, 37 personas perdieron la vida. Y eso ocurrió incluso cuando allí bajó el número total de operaciones de rescate. No parece un contrasentido: cada vez sube más gente, pero no siempre con las destrezas necesarias. Además, el tiempo y el terreno se han vuelto mucho más caprichosos que antes.
Las cifras más recientes muestran que casi la mitad de los accidentes de montaña se deben a caídas. Después aparecen distintos problemas de salud, y a continuación el mal tiempo y las avalanchas. El clima, en particular, obliga a no bajar la guardia: sol por la mañana y un chaparrón de nieve a mediodía es un patrón ya familiar, incluso en verano.
La montaña no es arriesgada solo por el frío, lo resbaladizo o las pendientes. Los problemas suelen empezar por el cansancio, la deshidratación o calcular mal las propias fuerzas. La gente se desorienta, sufre lesiones o pierde el contacto con el grupo. A veces basta con haber dejado atrás un mapa, una brújula o comida de reserva.
La preparación es la base, lo repiten los rescatistas una y otra vez. Antes de arrancar, traza tu ruta, identifica los tramos complicados y entiende cómo alcanzarlos. Consulta la previsión con antelación y dibuja un plan B por si todo cambia. Y cuenta a alguien adónde vas y cuándo esperas volver.
La formación básica ayuda: aprender a orientarse y a prestar primeros auxilios. No es complejo, pero puede salvar una vida. Vístete según las condiciones y lleva lo imprescindible: desde una linterna y un botiquín hasta comida, agua y capas de abrigo. Salir en solitario rara vez es buena idea; los excursionistas con experiencia suelen moverse en grupo.
A veces los planes se deshacen. Alguien resbala, se desmaya o se pierde. En esos momentos, mantener la calma importa. Los equipos de rescate aconsejan evaluar primero la escena: ¿es seguro quedarse aquí? ¿Hay peligro inmediato para otros? Luego toca ayudar, proteger al herido del frío y valorar si es posible pedir asistencia.
Cuando no hay cobertura, entran en juego los balizadores satelitales. Envían una señal de socorro incluso lejos de la civilización, y ya han salvado vidas.
Hay situaciones en las que la ayuda tarda. Entonces hacen falta habilidades para apartarse del peligro por cuenta propia: salir de un hueco en la nieve, conservar el calor con lo que se tenga a mano o prepararse para pasar la noche. Pero el juicio es clave: a veces la decisión más sensata es quedarse donde uno está y esperar a los rescatadores.
Pese a las herramientas modernas y a una mayor concienciación, la gente sigue muriendo en la montaña, a menudo porque la ruta resultó más dura de lo previsto o porque se sobreestimaron las capacidades. Hay un lado más esperanzador: más personas se toman en serio la preparación y el número total de incidentes va a la baja.
Hoy los senderistas cuentan con aliados de sobra: apps meteorológicas, herramientas de navegación, rastreadores satelitales, incluso drones. El material también es más fiable, probado con estándares internacionales. Todo eso reduce el riesgo, pero no lo borra. La atención y las decisiones meditadas siguen marcando la diferencia.
En la montaña, los errores tienen coste. No premia las prisas, la fanfarronería ni el descuido. Para evitar contratiempos, empieza por prepararte: planifica la ruta, lleva el equipo adecuado, aprende lo básico y evita terrenos que puedan quedar fuera de tus límites. La seguridad no es solo casco y mapa: también es estar dispuesto a dar la vuelta cuando algo empieza a torcerse.