Descubre rutas y caminos peligrosos del mundo: Huashan, Everest, Caminito del Rey, Yungas y Kokoda. Riesgos y emociones para viajeros audaces con experiencia
Viajar siempre ha atraído a quienes buscan el vértigo, sobre todo cuando la ruta promete algo fuera de lo común. Mientras la mayoría elige paseos tranquilos y de bajo riesgo, hay una minoría decidida a perseguir el peligro real: gente dispuesta a medirse con la naturaleza en bruto. De senderos que trepan por cornisas a miles de metros hasta cruces por selva densa y puertos sepultados por la nieve, aún quedan lugares donde un paso en falso puede ser fatal. Estas rutas exigen no solo forma física, sino cálculo frío, coraje y temple ante lo imprevisible. Aquí van algunos de los caminos más peligrosos del planeta, itinerarios que remueven los sentidos y atraen solo a los más audaces.

En la sagrada montaña Huashan, el camino hacia la Cima Sur —que supera los 2.000 metros— se ganó su fama a pulso. La senda se estrecha en tablones de madera anclados a paredones verticales, a veces de apenas unas decenas de centímetros. Los viajeros avanzan de lado sobre esas tablas mientras se aferran a cadenas sujetas a la roca; en ciertos tramos, los tablones ceden el paso a grapas metálicas que obligan a trepar. Con el vacío a los pies y sin barandillas, la exposición es constante y nada indulgente.
El clima multiplica el riesgo. La lluvia vuelve resbaladizos los tablones, y las rachas de viento pueden desestabilizar incluso a quien pisa firme. Se entregan arneses de seguridad, pero el recorrido exige resistencia, vigilancia y nervios de acero. Para quien se atreve, la vivencia se queda grabada: mezcla de asombro y adrenalina.

Escalar la cumbre más alta del mundo (8.848 metros) sigue siendo una de las empresas más peligrosas del viaje de aventura. Las amenazas son claras: aire enrarecido a gran altitud, vientos brutales y temperaturas que pueden caer hasta -60 °C, con avalanchas siempre al acecho. Por encima de los 8.000 metros se entra en la conocida zona de la muerte, donde el nivel de oxígeno es tan bajo que el cuerpo empieza a fallar.
Los montañistas dependen de botellas de oxígeno y equipamiento específico para alejar la congelación y el mal de altura, mientras sortean grietas, cornisas frágiles y terreno que no perdona. El agotamiento es habitual y los rescates, a esa altitud, resultan extremadamente difíciles. Incluso con una preparación exhaustiva, el Everest se cobra vidas cada año.

En la provincia de Málaga, esta pasarela estrecha avanza pegada a farallones verticales a unos 100 metros sobre el río. A lo largo de unos 3 kilómetros, se afina hasta apenas un metro de ancho en ciertos puntos. Construida a inicios del siglo XX para los operarios de centrales hidroeléctricas, la ruta cayó después en el abandono.
Tablones podridos y tramos sin barandillas convirtieron segmentos enteros en cornisas deshechas y expuestas. Aun así, el camino siguió atrayendo a temerarios y, tras numerosos accidentes, se ganó la etiqueta de la senda más peligrosa del mundo. Una gran restauración en 2015 sumó plataformas metálicas y protecciones, elevando la seguridad. Con todo, la altura y los pasos estrechos mantienen la experiencia intensa: más segura sobre el papel, pero no apta para quienes sufren con el vacío.

Esta carretera de montaña de siniestra fama se extiende unos 80 kilómetros y conecta La Paz con las tierras bajas tropicales de Bolivia. Serpentea desde unos 4.650 metros hasta alrededor de 1.200 metros, aferrada a laderas sobre una calzada de apenas 3,2 metros de ancho y sin barreras de protección. Abajo, el vacío se precipita cientos de metros.
La lluvia frecuente y la niebla vuelven el firme resbaladizo y la visibilidad, pobre. Los derrumbes y las rocas caídas son habituales. Antes de que se inaugurara una nueva ruta en 2006, aquí morían cientos de personas cada año, un historial que cimentó su apodo. Pese al peligro, sigue siendo un imán para ciclistas extremos que buscan la descarga de una bajada rápida entre curvas de montaña tan bellas como traicioneras.

Con unos 96 kilómetros, esta exigente travesía atraviesa selva densa, pasos de montaña y bosque tropical, uniendo Port Moresby con la pequeña aldea de Kokoda. Las condiciones son demoledoras: altas temperaturas, humedad implacable y lluvias intensas convierten el avance en una prueba de fondo.
Quien camina aquí se enfrenta a rampas empinadas, barro profundo, tramos arrasados por el agua y riesgo de malaria. Los desprendimientos de rocas y deslizamientos de tierra suman peligro. El sendero conserva además cicatrices de batallas de la Segunda Guerra Mundial, y muchos lo recorren en memoria. Para completarlo hacen falta excelente forma, cabeza fría y capacidad para adaptarse cuando la naturaleza cambia el guion sin avisar.

Entre las travesías más duras y peligrosas del mundo, este bucle recorre unos 160–230 kilómetros, cruza múltiples zonas climáticas y alcanza más de 5.400 metros en el paso Thorung La. El mal de altura, los cambios bruscos de tiempo y el riesgo de avalanchas son las amenazas principales.
A mayor altitud, el oxígeno se reduce lo suficiente como para provocar problemas serios de salud. Las ventiscas pueden golpear sin aviso, y los vientos feroces complican todo aún más. El paisaje del Himalaya y sus aldeas de montaña es extraordinario, pero el itinerario exige reservas profundas de resistencia y planificación cuidadosa. Por desgracia, cada año se registran muertes en esta ruta, a menudo por aclimatación insuficiente o mal tiempo, especialmente en Thorung La.

En los Dolomitas, una red de vías ferratas —escaleras y cables fijos instalados directamente en la roca— convierte paredes lisas en “caminos de hierro” con mucha exposición. Nacidas en la Primera Guerra Mundial, en medio de combates a gran altitud entre fuerzas italianas y austríacas, hoy son rutas serias para aventureros experimentados.
Entre las más audaces está el Giro del Sorapiss, que enlaza tres vías ferratas y gana mucha altura sobre paredes verticales. Pide buena condición física, nociones básicas de escalada y soltura con material alpino. Tocan ascensos pronunciados, cornisas estrechas y tramos donde el vacío bajo los pies se alarga cientos de metros.
La recompensa es enorme: vistas abiertas de picos dentados y valles profundos de los Dolomitas. Pero aquí la precisión cuenta; un descuido puede tener consecuencias graves. Mantener la seguridad como prioridad no admite discusión.

Half Dome es a la vez icono e implacable. Con 2.694 metros de altura, la subida culmina en una cúpula de granito pulido donde los caminantes usan cables fijos para encarar el tramo final. Esos últimos 120 metros trepan por una losa casi vertical, con líneas metálicas para asirse mientras se avanza por roca lisa.
Si llueve o sopla el viento, el granito se vuelve peligrosamente resbaladizo y la exposición se siente absoluta. El recorrido exige esfuerzo físico serio y foco sostenido, sobre todo en los sectores abiertos y desprotegidos. Cada año ocurren accidentes, algunos mortales. Aun así, el panorama del valle de Yosemite desde la cima tiene un poder de atracción que cuesta discutir.

Quien haya visto las imágenes clásicas de Machu Picchu reconocerá Huayna Picchu: el pico empinado que se eleva detrás de la ciudadela inca, protagonista de postales y redes sociales.
Alcanzar la cumbre implica enfrentarse a un tramo conocido como las Escaleras de la Muerte: peldaños de 500 años que bordean despeñaderos que caen al valle.
Algunas series de escalones incomodan incluso a senderistas curtidos. Muchos llegan sin la preparación adecuada; sin botas firmes y el apoyo de un guía local, gestionar la exposición y la pisada puede convertirse en un golpe de realidad.