Descubre por qué Mascate, capital de Omán, evita los rascacielos: normas de altura, identidad histórica, clima y terreno. Una ciudad que protege su horizonte.
Mira las fotos de la capital de Omán, Mascate, y algo salta a la vista: no hay rascacielos. Ni torres de cristal relucientes ni bosques de altos edificios. Todo se mantiene bajo, blanco y sin prisas. ¿Qué pasa entonces? ¿Por qué Mascate se ve tan distinta de otras ciudades del Golfo donde las construcciones compiten por el cielo?
Mascate se parece poco a Dubái o Abu Dabi. La mayoría de los inmuebles son de poca altura y están pintados de blanco, como si la ciudad se tendiera a ras de suelo. No es casualidad: es la manera de preservar su carácter histórico —fortalezas antiguas, callejuelas, barrios viejos— sin que queden eclipsados.
Las autoridades locales sostienen que las torres altas desentonarían con el paisaje urbano. En los medios del país se repite la idea de que Mascate no aspira a convertirse en una copia de sus vecinas; la meta es seguir siendo distinta. La contención suena a decisión consciente más que a nostalgia.
En internet circula la afirmación de que Mascate veta edificios de más de 91 metros. Confirmarlo de forma oficial no es sencillo. Ni en el sitio web municipal ni en la normativa nacional aparece esa cifra exacta.
Lo que sí está claro: la ciudad tiene reglas que limitan las ampliaciones en azoteas. Si un propietario quiere sumar una planta o una terraza y supera una proporción fijada del techo, paga un impuesto adicional. No es una prohibición directa, pero empuja los proyectos a no crecer hacia arriba.
Hay otra exigencia: los equipos en cubierta —como aires acondicionados o depósitos de agua— no deben sobresalir ni arruinar la vista. Tienen que quedar ocultos tras muros específicos.
El gobierno de Omán trabaja en un nuevo código de edificación a nivel nacional. Busca reunir en un solo marco todas las reglas de construcción, desde la seguridad estructural hasta la altura.
En su elaboración participan expertos internacionales. La idea es tener en cuenta el clima, el relieve e incluso los hábitos de los residentes. Hasta que se publique el texto completo, es difícil saber qué límites de altura incluirá exactamente.
A juzgar por las declaraciones oficiales, eso sí, los rascacielos no están en la agenda de Mascate —ni ahora ni después—. La ciudad parece decidida a mantener un crecimiento medido y atento al contexto.
• Identidad histórica. La ciudad quiere conservar su atmósfera singular. Las torres altas perforarían su silueta reconocible.
• Calor y clima. Los edificios altos exigen aire acondicionado intensivo, más energía e ingeniería compleja, costoso y no siempre eficiente en condiciones desérticas.
• Terreno. Mascate se asienta entre montañas, y la zona registra lluvias que pueden provocar inundaciones. Eso también enfría las ambiciones verticales.
• Crecimiento tranquilo. Los dirigentes prefieren el desarrollo sostenido a los giros bruscos. Los nuevos proyectos pasan por filtros estrictos y autorizaciones.
En teoría, podría ocurrir. Quizá algún día se permitan edificios más altos en distritos nuevos. De momento, no hay ningún proyecto confirmado que califique como rascacielos.
Todo indica que la ciudad quiere mantener su fisonomía. Incluso el código en preparación difícilmente cambiará el rumbo. Aquí se valora la moderación, y la construcción suele mostrar respeto por la tradición y el paisaje.
Mascate demuestra que una ciudad puede crecer sin empeñarse en conquistar el cielo. Preservar su espíritu pesa más que impresionar con torres de cien metros. No hay una prohibición general confirmada sobre la altura, pero las reglas vigentes —y la postura de las autoridades— hablan por sí solas: Mascate no quiere diluirse. Ahí radica su ventaja silenciosa.
Si te atraen las ciudades que se mantienen fieles a sí mismas, Mascate merece un lugar en tu lista, incluso si tus planes aún están sobre el papel.