Descubre el supra, el banquete georgiano guiado por el tamada: brindis con sentido, orden y tradición. Matices regionales, evolución y consejos para participar
En Georgia, un banquete es mucho más que comida y vino. Es una ocasión donde cada brindis pesa y la velada adopta el pulso de una ceremonia. En el centro de todo está el tamada: no solo un maestro de brindis, sino quien conduce la noche, marca el tono y ayuda a que los invitados se sientan parte de algo con sentido. Así funciona y por qué sigue importando.
El supra es el banquete tradicional georgiano. Puede ser festivo —una boda, un cumpleaños— o solemne, cuando se honra a quienes ya no están. En cualquier caso, sigue un orden. No se trata de comer deprisa, sino de conversación, respeto y una atmósfera muy particular.
Y hay una regla por encima de todas: nadie levanta la copa y bebe sin más. Primero va el brindis; luego, el sorbo.
El tamada dirige la mesa. Hace el primer brindis, fija el tema de la velada y se asegura de que todos participen en el intercambio. Un buen tamada habla con gracia y sentido, sabe cuándo bromear y cuándo ponerse serio y, quizá para sorpresa de algunos, suele beber con moderación: mantiene la cabeza despejada para guiar el ritmo.
A veces se elige con antelación; otras, sobre la marcha, ya en la mesa. Lo que importa es la capacidad de mantener viva la conversación y saber qué decir y en qué orden. Y eso roza el arte.
Todo suele arrancar con un primer brindis —a Dios, a los padres o a la patria—. Luego llegan los brindis a la salud, a los amigos, al amor, a los que se fueron, al futuro. Cada uno es un momento en sí mismo, no una formalidad.
A veces el tamada cede la palabra a otro comensal. Ese relevo, llamado alaverdi, permite que otros intervengan sobre el mismo tema. La noche avanza así. Estas reuniones pueden alargarse, porque los brindis no se hacen para quedar bien, sino desde el corazón; y eso mantiene a la gente atenta.
Los banquetes varían ligeramente de una región a otra. En algunos lugares el primer brindis honra la paz; en otros se dedica a lo sagrado. La esencia, sin embargo, se mantiene: respeto por la palabra, por la tradición y por quienes comparten la mesa.
No parece casual que en Tiflis haya incluso un monumento al tamada: un hombre con la copa en alto. Es un tributo al papel y a la tradición en sí.
Los banquetes georgianos siguen muy vivos, aunque ya no son exactamente como antes. Las generaciones jóvenes prefieren cada vez más formatos más breves —menos brindis largos y reglas más laxas—. Algunos critican la tradición por extensa. Los turistas, en cambio, suelen quedar cautivados: para ellos, una cena así es un auténtico descubrimiento. Cada vez hay más reuniones pensadas expresamente para visitantes, con traducciones, explicaciones y ajustes a su bagaje cultural.
Las tradiciones evolucionan, es lo natural. El banquete georgiano no desaparece; se vuelve más flexible y actual sin perder sinceridad. Incluso cuando los brindis se acortan, regresan a lo esencial: las personas, el respeto y el sentido de estar juntos. Quizá esa capacidad de adaptación sea precisamente lo que mantiene vivo el ritual.
Un banquete georgiano no va de comer hasta saciarse. Va de estar juntos, conversar de verdad, recordar lo esencial y decir algo desde el corazón. El tamada es quien ayuda a que la velada se vuelva especial.
Si alguna vez te sientas en una mesa así, escucha, no interrumpas y procura decir algo amable. Te entenderán —aunque no seas georgiano—, porque el tamada y los brindis son un idioma que se habla con el alma.