Descubre Victoria, capital de Seychelles: historia, Torre del Reloj, mercado, Jardín Botánico y un ambiente sereno que enamora. Planifica tu viaje. Ver más.
Cuando uno piensa en una capital, suele imaginar una urbe inmensa: ruido, rascacielos, tráfico encajonado. Algunas, sin embargo, van por libre: pequeñas, pausadas, casi con aire de pueblo. Victoria, capital de Seychelles, pertenece a esa minoría. Es diminuta, sí, pero tiene mucho carácter.
Victoria se asienta en Mahé, la isla más grande del archipiélago de Seychelles, en el océano Índico, no muy lejos de la costa africana. Aquí viven apenas unas 25–30 mil personas, menos que en muchos barrios residenciales de las grandes metrópolis.
Pese a su tamaño contenido, Victoria concentra la vida del país. Están las oficinas gubernamentales, el puerto, las tiendas y los mercados: lo esencial del día a día. Cruzarla a pie lleva alrededor de una hora, a menudo menos, y ahí radica parte de su encanto.
La ciudad tomó forma en 1778, cuando las islas estaban bajo control francés. Más tarde llegaron los británicos y bautizaron la capital en honor a su reina, Victoria. Del periodo colonial quedan numerosos edificios históricos, con balcones, columnas y amplias ventanas.
Cuando Seychelles obtuvo la independencia en 1976, Victoria siguió siendo la capital. Hasta hoy, las decisiones que orientan al país se toman aquí.
Conviene empezar por el centro: allí salta a la vista su emblema, la Torre del Reloj, una réplica a menor escala de un original londinense. Construida hace más de un siglo, sigue en marcha y se considera de las más precisas del país.
Muy cerca está el mercado central, el cruce más vivo de la ciudad. Los puestos rebosan de pescado, frutas exóticas, especias y recuerdos. Es de esos lugares que invitan a detenerse, escuchar retazos de conversación, aspirar aromas y acompasarse al ritmo local.
No lejos se extiende el Jardín Botánico, un auténtico oasis urbano. Se pueden ver plantas raras, caminar por senderos sombreados e incluso encontrarse con tortugas gigantes. Aquí también crece el coco de mer, famoso por albergar la semilla más grande del mundo.
En Victoria no hay rascacielos, autopistas atronadoras ni mareas de turistas. Los semáforos escasean, las calles son estrechas y tranquilas, y abundan las casas antiguas con contraventanas de madera y verandas. Da la sensación de que el tiempo se detiene, y justo ahí reside su atractivo.
La vida avanza sin prisa. Nadie corre. Se puede pasear, entrar en una tiendita, conversar con los vecinos. Un ritmo distinto al de las grandes capitales, donde el apremio marca la pauta; aquí, la pausa se agradece.
El turismo crece en Seychelles año tras año, y Victoria siente ese tirón. Por ahora, los habitantes logran mantener el equilibrio: mejorar la infraestructura sin borrar lo que hace única a la ciudad.
Los retos están ahí: la isla es vulnerable al cambio climático, el nivel del mar sube y los espacios verdes se reducen. Las autoridades trabajan para proteger la ciudad y preservar su atmósfera singular, una tarea tan necesaria como delicada.