Descubre cómo nació el cero en la India, de Brahmagupta al sistema decimal, y cómo su viaje al mundo árabe y Europa revolucionó el cálculo y ciencia.
Imagina no poder escribir el número 205, solo porque no existe el cero. Parece un detalle menor, pero esa ausencia encendió una auténtica revolución que empezó en la India antigua.
Hace miles de años la gente ya sabía contar. Egipcios, romanos, sumerios: todos tenían sus propios sistemas. Pero les faltaba un elemento crucial: un símbolo para señalar la nada. Si un número no tenía decenas, ¿cómo se mostraba? En la práctica, no se mostraba.
Aquellas notaciones eran engorrosas. Los valores grandes se convertían en hileras interminables de signos y los errores se colaban con facilidad. Sin el cero, distinguir con claridad entre 25 y 205 era imposible.
Todo cambió en la India. Ya entre los siglos III y IV d. C., los escribas empezaron a usar un signo para marcar un lugar vacío en un número. Hay indicios de ello en un texto antiguo conocido como el manuscrito de Bakhshali.
El paso decisivo llegó en el siglo VII con el erudito Brahmagupta. No se limitó a señalar la nada: fijó reglas para operar con ella, para sumar, restar y multiplicar. El cero dejó de ser un simple marcador y pasó a ser un número de pleno derecho.
Un poco antes, hacia el año 500, otro sabio indio, Aryabhata, defendió un sistema en el que la posición importaba. El dígito 2 podía representar dos, veinte o doscientos según el lugar que ocupara. Con ello se sentaron las bases de lo que hoy llamamos sistema decimal.
Lo usamos a diario: 10, 100, 1.000. Es sencillo de escribir porque cada cifra adquiere sentido según su posición. El cero indica que un número no tiene decenas o centenas y, a la vez, preserva las unidades o los millares. Sin él, la lógica se derrumba.
Este enfoque volvió el cálculo más claro y veloz. Los problemas fueron más fáciles de resolver, los registros más simples de llevar y los números más breves de escribir. No sorprende que, por puro pragmatismo, el método se haya extendido por todo el mundo.
En el siglo IX, eruditos árabes entraron en contacto con el sistema indio. Adoptaron el cero y la notación posicional y pronto vieron su potencia.
Desde el mundo árabe, la idea llegó a Europa. Al principio, algunos miraron al cero con recelo, preguntándose cómo se cuenta la nada. Pero las ventajas se volvieron indiscutibles y, con el tiempo, el mundo adoptó el sistema indo-arábigo: la misma notación que usamos hoy.
A primera vista, es solo un pequeño círculo. En la práctica, abrió la puerta a la rapidez y a la precisión en el trabajo con números. Sin él, no habría álgebra, ni computadoras, ni internet. Incluso una cuenta bancaria sería difícil de anotar.
Los sabios indios fueron los primeros en entender que la nada puede ser esencial. No se limitaron a crear un signo: transformaron la forma en que pensamos los números.
El cero es más que una cifra. Es una idea que transformó las matemáticas, la ciencia y el mundo en que vivimos, y cobró forma en la India. Gracias a esa noción de la nada, hoy podemos contar millones, lanzar cohetes y escribir código. A veces, para iniciar algo grande, hay que partir de cero.