Cayo Largo (Cuba) tras Michelle y Rafael: daños y recuperación

Cayo Largo tras los huracanes: daños, recuperación y regreso
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Historia de Cayo Largo (Cuba) tras los huracanes Michelle (2001) y Rafael (2024): daños en playas e infraestructura, recuperación y reapertura turística.

Cayo Largo es de esas islas que imaginas en un fondo de pantalla: agua turquesa, arena blanca y ninguna prisa. Este destino cubano nunca se convirtió en un gigante turístico como Punta Cana, y ahí reside buena parte de su atractivo. Pero detrás de la postal hay un relato más áspero: la isla ha encajado el golpe de huracanes poderosos en más de una ocasión.

¿Qué ocurre en un lugar así cuando el viento y el oleaje llegan con brutalidad? ¿Cómo se recompone? Y, sobre todo, ¿está listo para la próxima prueba?

Cuando un temporal arranca los techos — huracán Michelle

En 2001, un huracán de nombre engañosamente amable —Michelle— golpeó con fuerza Cayo Largo. Una marejada de cerca de tres metros barrió la isla. La tormenta fue tan intensa que, según la ONU, decenas de miles de viviendas en toda Cuba quedaron destruidas y muchas zonas se quedaron sin electricidad.

El propio Cayo Largo, una estrecha franja de tierra, quedó completamente anegado. El agua lo cubrió todo: playas, hoteles, carreteras. Durante un buen tiempo, la isla dejó de parecer un paraíso.

Rafael: un huracán reciente y una nueva prueba

Más de dos décadas después, en noviembre de 2024, el archipiélago volvió a estar en el punto de mira. Esta vez fue el huracán Rafael: no tan devastador como Michelle, pero serio al fin y al cabo. En Cayo Largo los vientos rozaron los 135 kilómetros por hora. Hubo daños y, otra vez, la isla tuvo que pasar al modo recuperación.

Se trabaja en reparaciones y limpieza, mientras se avanza en los preparativos para recibir visitantes. Las autoridades cubanas señalan que Cayo Largo reabrirá pronto.

Lo que queda tras el temporal

Cuando se habla de huracanes, se piensa de inmediato en edificios destrozados. Sin embargo, en islas como Cayo Largo, el impacto se extiende mucho más allá.

Primero, la naturaleza acusa el golpe: las playas se erosionan, los manglares se desgarran, los arrecifes de coral sufren. Después, cede la infraestructura —carreteras, tendidos eléctricos, hoteles— y el destino se paraliza. Y, en cadena, se frena el turismo: los viajeros se alejan, los alojamientos quedan vacíos y los ingresos locales se evaporan.

Tras Michelle, todo esto ya ocurrió. Tras Rafael, está sucediendo de nuevo ahora mismo. La isla se reconstruye, aunque nadie puede precisar cuánto tardará el regreso a la normalidad. Queda la impresión de que la recuperación no es una línea recta, sino un camino a trompicones.

Por qué importa aunque no vayas

Cayo Largo no es solo un lugar de vacaciones. Es un ejemplo de cómo la naturaleza puede reescribir las reglas de toda una zona.

Aquí no hay población permanente: solo personal y visitantes. Cuando llega un huracán, apenas existe red de contención: poca gente, recursos limitados. Muchas cosas deben reiniciarse desde cero. Esa condición hace a Cayo Largo especialmente vulnerable.

Estamos viendo cómo destinos tropicales se cruzan con las rutas de huracanes con mayor frecuencia. Es posible que estos golpes se vuelvan rutina. Si ocurre, a las islas no les quedará otra que adaptarse: construir con más solidez y estar listas para evacuar en cuestión de horas. Todo apunta a que la prevención será tan valiosa como la postal perfecta.

Conclusión

Cayo Largo es indiscutiblemente hermoso, pero bajo su calma laten pruebas severas. Los huracanes golpearon con dureza en 2001 y de nuevo en 2024. Cada vez, la isla salió adelante, pagando un precio alto.

Su historia recuerda la imprevisibilidad de la naturaleza. Aunque nunca pises esa playa, algo perdura en su destino: el paraíso no se define solo por la belleza, también por la capacidad de resistir.