13:25 04-01-2026

Navegación polinesia: leer estrellas, olas y senderos espirituales

Descubre cómo los navegantes polinesios cruzaban el Pacífico guiándose por estrellas y olas: saber ancestral, brújula estelar, legado de Hōkūleʻa y Mau Piailug.

© A. Krivonosov

Hace miles de años, los polinesios se lanzaron a cruzar el Pacífico —una inmensidad de agua entre islas dispersas—. Sin instrumentos, cartas ni tecnología moderna, recorrieron cientos e incluso miles de kilómetros. ¿Cómo fue posible? La clave estaba en un saber particular transmitido de generación en generación. Los navegantes hablaban de rutas conocidas como senderos espirituales: trazos que unían no solo islas, sino también a las personas, la cultura y la memoria.

El cielo en lugar de mapa

Los navegantes polinesios se orientaban por las estrellas. Sabían con precisión dónde y cuándo aparecería cada una y cómo tomar un rumbo a partir de ellas. Cada astro marcaba el camino hacia una isla concreta. El orto de uno podía indicar un curso hacia el este; el de otro, hacia el oeste.

Así trazaban sus carreteras marinas, memorizando rutas estelares y siguiéndolas incluso en plena noche. Era un conocimiento práctico y, a la vez, sagrado. Para muchos, las estrellas eran compañeras de confianza, incluso espíritus protectores que guiaban la travesía.

El océano como guía

Más allá del cielo, los navegantes observaban el propio océano. Sabían distinguir oleajes que llegaban de distintas direcciones y percibir su ritmo y su fuerza. Algunos trenes de olas nacían de islas o vientos lejanos: pistas que permitían fijar el rumbo incluso cuando la costa quedaba muy lejos.

Leían el rumor del rompiente, la forma en que las nubes se reflejan en el agua, el color del cielo y el vuelo de las aves. Todo servía como orientación. A partir de esas señales, los marinos deducían si la costa estaba cerca y dónde podían acechar los bajos o los arrecifes. La naturaleza no era una adversaria, sino una aliada.

Cómo se aprendía la navegación

No había libros ni apuntes. El conocimiento pasaba de boca en boca: a través de relatos, cantos y una observación constante. Los aprendices pasaban años mirando el cielo y el mar, memorizando las rutas y las señales que las marcan.

Uno de los métodos era la brújula estelar, una forma de imaginar el horizonte como un círculo y fijar en él los puntos por donde las estrellas salen y se ponen. Habilidades así se valoraban y no se compartían a la ligera: era un saber custodiado.

El regreso de un saber antiguo

En el siglo XX, muchas tradiciones empezaron a desvanecerse. En la década de 1970, en Hawái se construyó la canoa tradicional Hōkūleʻa, un esfuerzo por demostrar que la navegación antigua realmente funciona. Mau Piailug, navegante de una de las islas de Micronesia, ayudó a hacerlo posible al transmitir su conocimiento a jóvenes marinos hawaianos.

Desde entonces, los métodos antiguos se estudian de nuevo. Hoy, en Hawái y en otras islas, hay escuelas que enseñan a navegar guiándose por las estrellas, las olas y otras señales de la naturaleza. Eso mantiene viva la cultura y refuerza el respeto por el entorno.

Qué significa un sendero espiritual

Para los polinesios, cruzar el océano es más que un trayecto: es parte de su identidad. Consideran esos pasos ligados a los antepasados, a la naturaleza y al pasado. El océano no es un vacío, sino un territorio vivo y cargado de señales.

Esos caminos no figuran en ninguna carta, y sin embargo existen: en las estrellas, en los trenes de olas, en la memoria. Hablan de confianza en el mundo, de atención afinada y de un vínculo profundo con lo que nos rodea. Cuesta no percibir en ellos una invitación serena a ir más despacio y escuchar.

Por qué importa hoy

La navegación polinesia no pertenece solo al pasado. Recuerda que es posible desplazarse en sintonía con la naturaleza. Es un saber que ejercita la mirada, el oído y los sentidos. Y quizá eso sea precisamente lo que echamos en falta hoy.